Otra vez sopa

“Reuniones de Gordos Anónimos Miércoles Hora 20”, leo desde lejos las gruesas letras azules que sé de memoria. Camino por el corredor, un pie después del otro, resisto la tentación de dar la vuelta y escapar. Por fin me detengo, tomo fuerzas, respiro hondo parada frente a la puerta. Sé que cuando entre a la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas sentiré la misma sensación de ajenidad de siempre, sentiré que esto es una copia de una copia de una copia, que estos grupos están pensados para países que no son el mío, para gente que no soy yo. Antes de abrir la puerta sé que todos se saludarán con abrazos excesivos, se mirarán de frente y a los ojos algunos segundos más de lo conveniente, se tomarán de las manos en una especie de ceremonia del reencuentro cuando sólo pasó una semana desde la última reunión.
Sentiré que son patéticos, me preguntaré a qué he venido, miraré la hora, la puerta, la salida.
Las presentaciones y la distribución de las sillas, los saludos, las preguntas y las respuestas, todo es de manual, un manual escrito para gordos que son otros gordos y no estos, y no nosotros, me digo, pero sigo allí parada, la mano en el picaporte, la respiración agitada, las ganas de salir a la calle, doblar la esquina, olvidarme.
En el momento que entre a la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas seré un neumático, una pelota, un globo aerostático que camina y se acerca a otros neumáticos y a otros globos, sentiré que el crujido del suelo que piso es demasiado, que el aire que exhalo es demasiado, que el espacio que ocupo es demasiado, sin embargo participaré de la ceremonia, saludaré con enormes abrazos, miraré a los ojos a otros que como yo mirarán a los ojos, tomaré sus manos rechonchas entre mis manos rechonchas. Pienso, siempre pienso que no sería malo morir en esos momento y en medio de estas efusiones, que ya no tendría que apurarme para llegar a tiempo al local de pagos con mi factura de electricidad, no me preocuparía esquivar el mal aliento de Ana María, no empezaría ninguna dieta, nunca. Ninguna dieta, nunca. Esa palabra, nunca, suena a clausura de todos los sufrimientos.
Un esfuerzo más, un aliento, empujo un poco más la puerta.
Y cuando entro a la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas recuerdo que fue Mónica quien me trajo aquí, hace dos, tres años, en un momento en que mi peso rondaba los cien y ya no me sentía capaz de salir sola de la espiral en la que me habían hecho entrar unos inocentes helados a medianoche, un par de milanesas de más en el almuerzo. Acá, lo supe al trasponer la puerta la primera vez, me sentiría a salvo, pero no de los chocolates ni de las cervezas en las tardes de verano, no del fantasma amenazante de los tortas y los chivitos, la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas y los abrazos excesivos, la celebración del rencuentro después de siete días serían un muro intangible pero sólido que se interpondría entre Lina y el desprecio del mundo.
Sí, los encuentro patéticos, a veces los odio.
Y los necesito. Sigo viniendo, entablo conversaciones, me someto a sesiones de abrazos con un grupo que cumple con el manual y se ocupa de reconstruirme los miércoles de 20 a 21,30. Somos una logia, son mis hermanos.
El primer saludo es el de Jorge, se coloca cerca de la puerta para ser el primero en abordar a los recién llegados, para tener la primicia de los abrazos, y me cerca, me rodea, y aunque no le veo la cara sé que cierra los ojos, lo oigo respirar, suspirar como un bebé cuando su madre lo levanta de la cuna y lo aprieta contra el pecho, exhalar como quien echa su cansancio sobre la almohada. Me dejo abrazar, lo escucho, siento la respiración y el ritmo cardíaco, recuerdo vagamente que los odio, me pregunto dónde estoy y qué hago, pero no hay respuestas, sólo unos brazos que me rodean y el sonido de una respiración, y me hundo, me siento desaparecer en su torso todavía rollizo a pesar de cormillot, de atkins, me hundo y se hunde más, nos fusionamos, nos mezclamos, y emergemos del abrazo en un nacimiento lento que lava una semana de desprecios.
Después, en la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas, todo empieza de nuevo como cada miércoles, el ritual de la balanza, los relatos de los que vienen por primera vez, las respuestas a coro del grupo -¿por qué estos grupos responden a coro como en una tragedia griega?-, y una mujer que ninguna empresa de aviación dejarían viajar si no pagase dos pasajes toma la palabra.
“Lo peor fue la cena de fin de año de la empresa donde trabaja mi esposo. Yo había adelgazado doce kilos y me sentía estimulada, que podía llegar a bajar los cincuenta que todavia me sobraban, podía hacer frente a las miradas, a las sonrisas burlonas. Me había hecho ropa por primera vez en años, un vestido de tafeta opaca azul oscuro, me había mirado al espejo y me había maquillado, me había vuelto a mirar de frente y de perfil con la ropa flamante, había llegado al salón de fiestas con la mirada en alto, le sonreí a todos y hasta me pareció que me miraban como a una mujer y no como a una ballena escapada de un acuario. Conversábamos con compañeros de Juan Carlos, me presentaban a sus mujeres, yo me sentía parte del festejo, pertenecía a la raza humana, formaba parte del universo.
Alguien elogió mis aros de turquesas sobre la piel broceada, separé el pelo para que se vieran, moví la cabeza para sacudirlos, me exhibí. Me animé y hablé, conté de mis logros con el jardín de la casa, de mi proyecto de volver a estudiar. Y entonces pasamos a las mesas, a ocupar las sillas, mi marido apartó el asiento para que me sentase, yo todavía sonreía cuando me senté. Supongo que se me borró la sonrisa en el preciso instante en que me apoyé y las patas de la silla temblaron, se abrieron apenas, sentí con extrañeza una vibración en mi cuerpo, las sentí separarse de a poco en una inexorable cámara lenta y me empezó a invadir el horror, escuché -todos escucharon, dios mío, todos- el ignominioso crujido de la madera al romperse, y entonces la caída, el lento descenso al infierno. De lo que sucedió después sólo recuerdo los ojos clavados en mí, las miradas desde lo alto, las miradas que caen verticales sobre una mujer-ballena tendida en el suelo. Y después ni eso, nada, dejé de ver, me enceguecieron las lágrimas.”
En las reuniones de Gordos Anónimos no hay silencios, cuando alguien termina de contar el grupo responde a coro, como en una tragedia griega, como en una secta satánica, a veces pienso que aparecerá Bette Davis que querrá convertirme como a todo los habitantes del pueblo y yo trataré de escapar, correré entre las plantaciones de maíz, inútilmente, porque sus ojos me estarán esperando por donde sea que salga.
Son patéticos, los odio, a veces les tengo miedo.
Otro toma la palabra, sin intervalos. Si llora, lo consuelan. Si no llora, le preguntan. Nunca se produce un vacío.
Todos consolamos a Ada, pobre Ada, seis meses haciendo dieta para ir a esa fiesta, seis meses de arduo camino para llegar a esa silla y derrumbarse ante la risa de la gente.
-¿Alguien quiere sugerirle a Ada una estrategia para esta próxima semana? -pregunta Susana.
Bien Susana, esta chica ha hecho los deberes, ha leído el capítulo exacto del manual.
Todos apoyamos, todos sugerimos como una gran voz.
Exigido a fondo el mecanismo funciona, el manual rinde lo suyo, y por eso estamos acá. A medida que pasa el rato yo también sugiero, consuelo, pregunto y hablo a coro. Un hombre con cintura desbordante dice haber bajado dos kilos, lo felicitamos, lo aplaudimos, Adriana cuenta que no pudo resistirse a una mousse de chocolate, la entendemos, la confortamos, la animamos a ser más fuerte. Siempre me sorprende escuchar mi voz en el coro, mis palmas cumpliendo su parte. Imagino que vendrá Bette Davies y que yo seré de los suyos. Ni ajena ni globo aerostático, ya no neumático, no más frases con la palabra nunca. En algún momento la mujer reeplazó a la ballena.
Termina la sesión y nos levantamos, otra vuelta de abrazos, la mano rechoncha en la mano rechoncha, las últimas efusiones, despedidas apretadas.
Una vez más salgo de la sala del fondo de la Parroquia de Punta Carretas, traspongo la puerta odiando la futilidad de los argumentos, riéndome del positivismo a la violeta, despreciando la copia de la copia de la copia.
Una vez más, salgo misteriosamente confortada.

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