Hay palabras, palabras que son importantes y que hablan de fracasos que ya nadie puede evitar, palabras que uno quisiera no pronunciar jamás pero algunas circunstancias las ponen en nuestras bocas y nosotros no atinamos sino mover los labios y decirlas, a abrir las escotillas y dejarlas salir.
—Quiero separarme, no quiero seguir viviendo contigo.
La expresión de Javier lo muestra entre sorprendido y herido, y aunque yo sé que algo está mal, que no debería ser así, que hace ya mucho tiempo que él debió haber advertido los signos del deterioro y tomar cuenta del desbarranco en que se convirtió nuestra relación, casi me arrepiento de haber dicho lo que dije. Pero viendo la evolución sutil de las líneas de su rostro, se me ocurre pensar si no estoy presenciando una actuación gestual, una mise en scene callada y tal vez involuntaria.
Me pregunto si él esperaba que yo le diera aviso con tres días de anticipo, si pensaba que iba a plantear nuestra separación por telegrama colacionado, como si las discusiones del principio del fin de nuestra relación o la indiferencia agazapada en los pliegues de los últimos tiempos no hubieran sido un preaviso suficiente. Pero él continúa mirándome con su expresión estupefacta —sí, tal vez demasiado estupefacta-, lastimada, evidentemente dolida, y yo, como víctima de un acto reflejo desencadenado por fuerzas invisibles, siento llegar la culpa que empieza a cubrir mis pensamientos y mi voluntad con su manto gelatinoso de medusa. Miro a Javier y estoy segura que él es capaz de percibir mi súbita confusión, tal como si mis sentimientos fueran sólidamente aparentes. Con mis dudas expuestas, lo veo rearmarse, reorganizar sus defensas seguro de poder dar en el blanco. Ahora apuntará y me hará trizas, pienso.
La culpa apareció muy temprano en mi vida de la mano de mi abuela, una mujer ya demasiado vieja para cuidar de una niña de mi edad. “Si no dejás de hacer ruido, la Abuela no podrá dormir la siesta, su corazón dejará de funcionar y morirá antes que sea de noche, y todo será por tu culpa”, me decía señalándome con el dedo flaco desde el marco de la puerta, moviendo su pelo enmarañado de la almohada, paralizando a mitad de camino mi mano, la que sostenía el palito del xilofón y clavando su imagen en la eternidad de mis pesadillas.
Ahora Javier hablará de los niños, querrá saber qué le diremos, exigirá saber cómo explicarles mis decisiones. Pero yo tampoco soy tan ingenua como para no haber previsto que esto sucedería. Sé que no debo perder de vista que entre los iconoclastas que sólo creen en la familia uniparental y los fundamentalistas católicos que sólo aceptan el matrimonio como célula base, hay una gama casi infinita de posibilidades para resolver situaciones como la que yo estoy planteando. Sé racionalmente que los hijos de padres divorciados tienen las mismas posibilidades de inclinarse al delito o a la inmoralidad o a la violencia desenfrenada que los que provienen de una unión mantenida a través de los años. Pero mis convicciones más firmes siempre trastabillan cuando él frunce así el entrecejo y menciona a los niños con voz firme y sin fisuras.
—Le vamos a decir la verdad, y si es necesario buscaremos un apoyo profesional -me recompongo, apelando a argumentos ensayados y probados a lo largo de la historia, argumentos que garantizan la racionalidad de la propuesta con una larga bibliografía que vengo consultando a escondidas.
Miro la expresión dura de Javier y allí sentada en la mesa de la cocina, pulverizando las migas de lo que fue un pedazo de pan, bajo su mirada que se va volviendo de acero, entiendo cabalmente qué es el peligro, el significado de esa palabra que tantas veces he usado frívolamente, sin la menor conciencia de su verdadero contenido: el peligro es algo que hasta el momento no parecía capaz de hacerte daño, pero que súbitamente adquiere la potencialidad de convertirte en despojos de tí mismo.
Sé que en breves instantes él descalificará mis argumentos —estupideces seudo científicas, las llamará levantando un poco la voz, con su firmeza de profesional del alegato—, dirá que no hay explicaciones ni terapias que ahorren el sufrimiento de los niños, que los protejan contra tanta tristeza. Utilizará palabras contundentes, palabras que transforman una separación en una ordalía de los sentimientos. Pero por sobre todos sus argumentos, por sobre todas las palabras inflexibles que utilizará para destruirme, su mirada fija me dirá que desconoce expresamente a esta mujer que intenta deshacer su familia.
Yo quisiera dejar la conversación en este punto, no avanzar más en esta dirección, pero quedo sentada y quieta, como quedaba frente al xilofón en casa de mi abuela, sintiéndome como nunca señalada con el dedo, librada a mi suerte y por fuera del mundo, como en otra galaxia. Y desde allí, sola y abandonada hasta de mí misma, siento avanzar el miedo, esa sensación elemental que nos impulsa a querer huir, a ponernos a salvo en un agujero. Y la culpa que avanza y me repite que soy yo quien está causando la catástrofe y que sólo yo puedo detenerla. Trato de reaccionar, de buscar en mi repertorio de argumentos aprendidos, busco desesperada las palabras que me pongan a resguardo de sus ataques y sobre todo, de mis propias debilidades.
—Javier, yo no te quiero.
Lo digo sin mirarlo, saco a relucir mi escudo sin ver al enemigo y antes de que él arme su nuevo ataque.
—Hace tiempo que dejé de quererte, pero vos no lo querés aceptar y preferís seguir fingiendo...
No quiero mirarlo, sé que ahora su entrecejo se habrá distendido, las comisuras de sus labios habrán descendido de manera perceptible y sus ojos enfocarán a otra parte, perdidos en un sitio distante, transfigurados y húmedos. Ahora debo cuidar mi flanco más débil, la mirada. Si lo miro, sé que veré su expresión de tristeza y desconcierto, y sé que descubriré el brillo ajeno. En pocos instantes escucharé su respiración entrecortada, y sentiré la necesidad de mirar de frente su tristeza, la profunda decepción que le causan las palabras que yo me escucho pronunciar, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas y que tal vez yo deba llevar dentro de mí para siempre. Palabras misiles.
Desde otra galaxia escucho el sonido de la puerta, al perro que ladra, y la voz que me llega desde el frente de la casa.
—Hola, querida. ¿Dónde estás?
Yo abro los ojos, miro por última vez la foto de Javier apoyada contra la botella de coca cola y susurro las últimas palabras antes de callar para siempre:
—Ya no te quiero, ya no te quiero.
Después la guardo en su lugar del cajón, debajo de los repasadores, mientras respondo.
—Acá, Javier, esperándote para cenar.
—Quiero separarme, no quiero seguir viviendo contigo.
La expresión de Javier lo muestra entre sorprendido y herido, y aunque yo sé que algo está mal, que no debería ser así, que hace ya mucho tiempo que él debió haber advertido los signos del deterioro y tomar cuenta del desbarranco en que se convirtió nuestra relación, casi me arrepiento de haber dicho lo que dije. Pero viendo la evolución sutil de las líneas de su rostro, se me ocurre pensar si no estoy presenciando una actuación gestual, una mise en scene callada y tal vez involuntaria.
Me pregunto si él esperaba que yo le diera aviso con tres días de anticipo, si pensaba que iba a plantear nuestra separación por telegrama colacionado, como si las discusiones del principio del fin de nuestra relación o la indiferencia agazapada en los pliegues de los últimos tiempos no hubieran sido un preaviso suficiente. Pero él continúa mirándome con su expresión estupefacta —sí, tal vez demasiado estupefacta-, lastimada, evidentemente dolida, y yo, como víctima de un acto reflejo desencadenado por fuerzas invisibles, siento llegar la culpa que empieza a cubrir mis pensamientos y mi voluntad con su manto gelatinoso de medusa. Miro a Javier y estoy segura que él es capaz de percibir mi súbita confusión, tal como si mis sentimientos fueran sólidamente aparentes. Con mis dudas expuestas, lo veo rearmarse, reorganizar sus defensas seguro de poder dar en el blanco. Ahora apuntará y me hará trizas, pienso.
La culpa apareció muy temprano en mi vida de la mano de mi abuela, una mujer ya demasiado vieja para cuidar de una niña de mi edad. “Si no dejás de hacer ruido, la Abuela no podrá dormir la siesta, su corazón dejará de funcionar y morirá antes que sea de noche, y todo será por tu culpa”, me decía señalándome con el dedo flaco desde el marco de la puerta, moviendo su pelo enmarañado de la almohada, paralizando a mitad de camino mi mano, la que sostenía el palito del xilofón y clavando su imagen en la eternidad de mis pesadillas.
Ahora Javier hablará de los niños, querrá saber qué le diremos, exigirá saber cómo explicarles mis decisiones. Pero yo tampoco soy tan ingenua como para no haber previsto que esto sucedería. Sé que no debo perder de vista que entre los iconoclastas que sólo creen en la familia uniparental y los fundamentalistas católicos que sólo aceptan el matrimonio como célula base, hay una gama casi infinita de posibilidades para resolver situaciones como la que yo estoy planteando. Sé racionalmente que los hijos de padres divorciados tienen las mismas posibilidades de inclinarse al delito o a la inmoralidad o a la violencia desenfrenada que los que provienen de una unión mantenida a través de los años. Pero mis convicciones más firmes siempre trastabillan cuando él frunce así el entrecejo y menciona a los niños con voz firme y sin fisuras.
—Le vamos a decir la verdad, y si es necesario buscaremos un apoyo profesional -me recompongo, apelando a argumentos ensayados y probados a lo largo de la historia, argumentos que garantizan la racionalidad de la propuesta con una larga bibliografía que vengo consultando a escondidas.
Miro la expresión dura de Javier y allí sentada en la mesa de la cocina, pulverizando las migas de lo que fue un pedazo de pan, bajo su mirada que se va volviendo de acero, entiendo cabalmente qué es el peligro, el significado de esa palabra que tantas veces he usado frívolamente, sin la menor conciencia de su verdadero contenido: el peligro es algo que hasta el momento no parecía capaz de hacerte daño, pero que súbitamente adquiere la potencialidad de convertirte en despojos de tí mismo.
Sé que en breves instantes él descalificará mis argumentos —estupideces seudo científicas, las llamará levantando un poco la voz, con su firmeza de profesional del alegato—, dirá que no hay explicaciones ni terapias que ahorren el sufrimiento de los niños, que los protejan contra tanta tristeza. Utilizará palabras contundentes, palabras que transforman una separación en una ordalía de los sentimientos. Pero por sobre todos sus argumentos, por sobre todas las palabras inflexibles que utilizará para destruirme, su mirada fija me dirá que desconoce expresamente a esta mujer que intenta deshacer su familia.
Yo quisiera dejar la conversación en este punto, no avanzar más en esta dirección, pero quedo sentada y quieta, como quedaba frente al xilofón en casa de mi abuela, sintiéndome como nunca señalada con el dedo, librada a mi suerte y por fuera del mundo, como en otra galaxia. Y desde allí, sola y abandonada hasta de mí misma, siento avanzar el miedo, esa sensación elemental que nos impulsa a querer huir, a ponernos a salvo en un agujero. Y la culpa que avanza y me repite que soy yo quien está causando la catástrofe y que sólo yo puedo detenerla. Trato de reaccionar, de buscar en mi repertorio de argumentos aprendidos, busco desesperada las palabras que me pongan a resguardo de sus ataques y sobre todo, de mis propias debilidades.
—Javier, yo no te quiero.
Lo digo sin mirarlo, saco a relucir mi escudo sin ver al enemigo y antes de que él arme su nuevo ataque.
—Hace tiempo que dejé de quererte, pero vos no lo querés aceptar y preferís seguir fingiendo...
No quiero mirarlo, sé que ahora su entrecejo se habrá distendido, las comisuras de sus labios habrán descendido de manera perceptible y sus ojos enfocarán a otra parte, perdidos en un sitio distante, transfigurados y húmedos. Ahora debo cuidar mi flanco más débil, la mirada. Si lo miro, sé que veré su expresión de tristeza y desconcierto, y sé que descubriré el brillo ajeno. En pocos instantes escucharé su respiración entrecortada, y sentiré la necesidad de mirar de frente su tristeza, la profunda decepción que le causan las palabras que yo me escucho pronunciar, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas y que tal vez yo deba llevar dentro de mí para siempre. Palabras misiles.
Desde otra galaxia escucho el sonido de la puerta, al perro que ladra, y la voz que me llega desde el frente de la casa.
—Hola, querida. ¿Dónde estás?
Yo abro los ojos, miro por última vez la foto de Javier apoyada contra la botella de coca cola y susurro las últimas palabras antes de callar para siempre:
—Ya no te quiero, ya no te quiero.
Después la guardo en su lugar del cajón, debajo de los repasadores, mientras respondo.
—Acá, Javier, esperándote para cenar.
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