El aburrimiento

El Escritor intenta seducirme y yo intento fingir que no me doy cuenta. Por más que lo pienso no se me ocurre una forma de poner fin a este encuentro lleno de palabras como no sea inventando alguna diarrea fulminante, pero me suena indigno recurrir a la escatología para esquivar el aburrimiento de una noche con un hombre equivocado. Pincho una aceituna y un queso, todo en el mismo escarbadientes. Miro a una gorda sentada en la mesa de la izquierda, sorbe vodka con limón de a buchitos y en algo más de cinco minutos se toma el vaso entero. De momento no hay otra salida más que escuchar la charla literaria y autorreferente, y entretenerme comiendo y mirando alrededor. Acabo de conocerlo en un congreso, es muy feo y se viste mal, pero parece simpático, al menos durante la primera media hora. Yo tampoco soy una reina de belleza, en estos dos días nadie me había mirado dos veces hasta que el Escritor se acercó a comentar mi comentario sobre su obra. Mojo el queso con aceituna en una salsa picante, tal vez mexicana, tal vez de frijoles. Un asco. Peor sería si fuera chile. No soy una mujer linda, ni siquiera llamativa, soy. Miro la botella de vino que recién promedia: intentaré ir más rápido aunque es áspero y contiene un exceso de taninos.
El Escritor fuma su cigarrillo y cada tanto me ofrece una pitada que rechazo. ¿Por qué continúa ofreciéndome de fumar sus cigarrillos? Creo que cree que es un gesto de intimidad, algo que propicia la sensualidad, y tal vez lo sería si yo fumara. También insiste en que beba de su copa, pero yo me atrinchero detrás de mi propia bebida. Vuelve al tema del congreso, me cuenta en secreto cómo logró convocar tantos nombres importantes, confiesa ser amigo de este y de aquel, de los mejores, de los más grandes, todo con su tono de modestia que lo pone a salvo de cualquier sospecha de soberbia.
La gente nos mira, el Escritor es muy famoso aunque no tanto como un jugador de fútbol o un actor de televisión. Pienso que si hubiera salido a cenar con un jugador de fútbol estaría comiendo un cóctel de langostinos en una mesa con mantel en una terraza frente al mar, tal vez me habría puesto un vestido justo y negro, zapatos de tacos altos, me habría pintado los ojos. ¿Por qué estoy acá con el Escritor? Tal vez porque ningún jugador de fútbol me invitó jamás a salir, ni uso zapatos altos ni me pinto los ojos. Tal vez porque no soy atractiva y salgo con hombres que no logran interesarme.
Este es un sótano ambientado como un bodegón, estoy sentada en una silla rústica que me engancha la tela de la pollera, comiendo una picada de queso, aceitunas y papas fritas puestas sobre una mesa sin mantel, escuchando al Escritor que habla de temas literarios que a esta hora y terminado el congreso, ya no me importan. Habla con voz pausada, lento, un discurso sin fisuras que sospecho ha repetido hasta el infinito. La gorda de al lado comienza el segundo vaso de vodka, ríe fuerte. No es fea, más bien sensual y vestida como para parecerlo más. Mira de reojo al Escritor, que está de espaldas y no ve su mirada. Habla y habla. La gente pasa y lo saluda, pasan e intentan entablar una conversación con él, que devuelve todas y cada una de las sonrisas. “Gracias, gracias”, responde, aunque seguro que no escucha qué le dijeron por el escándalo de la cumbia y el merengue, y porque su oído debe estar un poco duro por la edad.
Bebo, quiero ver bajar esta botella, verla terminada, poner punto final a la velada. Llegar al hotel y acostarme, prender la televisión para ver cualquier cosa y dormir hasta que llegue la hora de tomar un avión y volver a mi casa.
Después de un rato el vino no me resulta tan rasposo como me pareció al principio, lo puedo tomar y hasta lo disfruto un poco. Me sirvo más, el Escritor está entretenido en contestar la pregunta de una mujer mayor de labios muy rojos que escucha su respuesta con devoción y que ni siquiera ha notado que yo estoy acá, a cincuenta centímetros de sus labios rojos que se inclinan sobre mis papas fritas y mi queso, porque aceitunas no hay más. Con la habilidad de la experiencia, el Escritor da por terminada la conversación con la mujer, le sonríe por última vez y le dice “hasta más lueguito”, pincha una papa frita solitaria y me mira. A mí también me sonríe, me mira fijo y sospecho que quiere agregar deseo a la sonrisa, pero a mí no me interesa su deseo y sigo fingiendo que no lo advierto, que somos un par de amigos recientes charlando en un boliche de noche.
Distraídamente me acaricia la mejilla con un dedo y yo tomo otro trago de vino tinto, y otro.
¿Qué hago aquí?
− Qué linda sos.
Me pregunto cómo puede ser escritor y tener tan poca imaginación, tan poco arte para mentir. Trato de pensar qué me gustaría escuchar de él.
No lo sé.
− Es que hoy fui al cirujano plástico y me hice la nuca -digo.
El Escritor vacila un momento y luego ríe.
− Me encanta tu sentido del humor.
Cualquier palabra que yo diga le resulta interesante, encantadora, ingeniosa. Me preparo a decir otra genialidad que el Escritor festejará con una carcajada que, si tomo un par de tragos más, tal vez me parezca verdadera. Quizá yo sea realmente ingeniosa, interesante. Linda no. El vino está rico, lo acompaño con un ramillete de papas fritas que pincho y mojo en la salsa de frijoles mexicana, que ahora no creo que sea ni mexicana ni de frijoles, saboreo y le encuentro gusto a berenjena. ¿Crecerán las berenjenas en este país? La gorda se ha servido un par de vasos más, parece eufórica aunque no borracha perdida como estaría yo con todo ese alcohol encima. Habla fuerte, creo que trata de llamar la atención del Escritor, que ni la ve ni la escucha. Ella y sus amigas miran hacia nuestra mesa.
El Escritor dice algo en tono bajo, pone su mano en mi antebrazo y no la retira. Yo mastico papas fritas ensalsadas de berenjenas y decido no hacer cuestión con cederle esa porción de mi cuerpo. Él sigue hablando de lo que estaba hablando, casi susurra, y su mano comienza a acariciarme, primero como si rascara suavemente, luego como una caricia. Otro sorbo de vino, qué rico está. Tal vez sea atractiva, yo. Estiro el brazo, lo acerco a él, se lo regalo. Alguien pasa y lo saluda, pero él apenas desvía la mirada un instante, sonríe levemente y vuelve a mí, a su charla, a la caricia de mi brazo.
El vino se acaba.
− ¿Tomamos otro?
− Sí –me escucho responder.
Lo pienso mejor, dudo, pero ya es tarde, la camarera viene con una botella que
descorcha y sirve.
La mano del Escritor se ha ido deslizando -quién sabe cómo- hasta el hombro, y ahora juguetea con el bretel de mi remera. Me cuenta algo sobre un amigo, también escritor, algo sobre un viaje a Turquía. Qué lindo, Turquía, pienso. El Escritor dice estar seguro que me encantaría pasear por el Gran Bazar y entretanto su dedo pasea por debajo de la tirita imitando el recorrido por el Gran Bazar. ¿Cuándo habrá corrido su silla hasta quedar casi pegado a mí? El bretel cae a un costado y yo no lo levanto. Le pregunto cómo sabe que me gustaría el Gran Bazar si no sabe nada de mí, pero él no se inmuta, continúa hablando como si estuviéramos solos, explorándome como si estuviéramos solos. La chica pasa, sirve más vino y se va, el Escritor me ofrece su copa, la pone frente a mi boca y yo bebo. Ahora ha dejado la palma de su mano en mi espalda desnuda y me habla de otro libro, una gran obra, dice, una historia muy bonita sobre la esposa de un médico que vive en algún sitio rural de Francia y se hace amante del notario de su esposo. Digo no conocerla, le pregunto cómo termina esa historia y él me dice que Emma se suicida con arsénico. Hago como que me pongo triste por Emma y él me consuela, me acaricia la espalda, los hombros. Levanta la tirita caída de mi bretel, pasea su dedo por el Gran Bazar. Yo suspiro y él me da de beber en su copa. Pregunto algo más sobre la esposa del médico rural pero el escritor dice no recordar ese detalle, yo pienso que debe haber leído la solapa o un par de capítulos en la secundaria y me da risa. Me río y el Escritor me pregunta de qué me río.
− De purita diversión, nomás.
Él duda unos segundos, tal vez vacila entre la idea de que las uruguayas estamos locas y la sospecha de que me estoy burlando de algo. Después estira los labios y ríe conmigo, pone su mano sobre mi muslo derecho, y como justa compensación por su duda, la deja allí.
Por un momento se acaban las palabras y las risas, las papas fritas se acabaron hace rato, no queda nada qué hacer. No me gusta que me besen en sitios concurridos pero su boca ya está sobre la mía y yo lo beso mirando a la gorda, que nos mira y grita desaforada y se mueve en su silla al ritmo de un merengue. Me siento atractiva, deseable, trato de disfrutar del beso y de la caricia del muslo, cierro los ojos. Lo logro por unos instantes hasta que empieza a sonar su teléfono, “We are the champions” suena muy suavemente, luego más fuerte, después con estrépito imposible de ignorar. Desarmamos el nudo en que nos habíamos convertido, él busca y rebusca en sus bolsillos, yo me acomodo el bretel y el pelo.
− Aló. Sí, acabo de salir del congreso. Salimos a picar unas tapas con la gente de Uruguay. No, no me tardo mucho.
Cierra el teléfono y mira el plato donde hubo papas fritas, desliza la mirada sobre la copa como sin verla, la toma y bebe unos tragos hasta terminarla.
− Voy a tener que marcharme, surgieron unos imprevistos.
Tampoco a mí me mira, desliza su mirada sobre mi cabeza, ve a la gorda. Se hace un silencio que yo no estoy interesada en romper sino en medir, quiero saber cuánto aguanta sin hablar. Se sirve lo poco que quedaba en el fondo de la botella, unas gotas que caen despacio dentro de la copa de vidrio barato que ya no me ofrece.
Alguien pasa y lo llama por su nombre, él vuelve a la vida, sonríe, palmea el hombro del que se inclina a saludarlo. La persona sigue de largo y él queda con la sonrisa incrustada en la cara, tensando sus labios de indígena hacia la gorda, que desde la mesa de la botella de vodka le manda besos con la boca en “o”.
− Te acompaño a tomar un taxi, aquí en la puerta se consiguen sin problema.
− Me dijeron que es peligroso tomar taxis en la calle −digo, aunque tengo ganas de llegar al hotel ya mismo y ni pizca de miedo.
− ¿Tú qué crees? ¿Que esto es Guatemala? Acá es bien seguro.
En la puerta el Escritor quiere darme una tarjeta con su mail, busca pero no encuentra ninguna. Yo sé que las olvidé en Montevideo. El taxi espera con la puerta abierta.
− Un gusto conocerte −dice mirando de reojo su auto, estacionado enfrente.
Él me abre la puerta, entro en el taxi, las ventanillas están abiertas. Lo veo caminar, pasar delante del coche.
− Sos un plomazo −le grito asomando la cabeza.
Él se vuelve, me mira, sonríe interrogante, un poco desconfiado, soy consciente de que no conoce la palabra.
− Fue un aburrimiento, esta salida −le aclaro.
Está parado en medio de la calle, me mira, en su boca se dibuja una pregunta que no llego a oir.
− El vino era horrible. Y claro que leí Madame Bovary, idiota.
El taxista me mira, entiende, con toda seriedad espera a que termine de gritar para preguntarme a qué hotel voy.

1 comentarios:

Julia dijo...

EXCELENTEEE!!! Me encantó y me hizo reír mucho!