Lo que quería hacer era golpearlo con todas mis fuerzas y gritarle cuanto desprecio su petulancia de petiso. Pero contuve la respiración, recordé que es mi hijo y por qué lo había hecho viajar a este país, y seguí escuchando las idioteces que refiriéndose a mi dieta alimenticia desgranaba en tono soberbio. Aunque no había llevado la cuenta pensé que en los últimos diez minutos había dicho al menos diez veces la palabra “cancerígeno”, a razón de una vez por minuto, sesenta por hora si continuábamos hablando. Como reacción encendí el tercer cigarrillo de la mañana aunque recién empezábamos a desayunar y hasta para mí resultaba asqueroso tanto humo con el estómago vacío. Pero no quise desperdiciar la oportunidad de molestarlo sin tener que gastar ni una palabra. Exhalé en su cara.
- Disculpame –me disculpé.
- Tené cuidado, por favor -puso una cara de asco que me hizo pensar en encender otro, y otro, y otro.
Había llegado de Europa hacía dos días y ya era imposible la convivencia. Pretendía acostarse a dormir cuando nosotros aún no sabíamos qué cenar, se levantaba al alba y hacía todo el ruido que podía con las ollas de la cocina para preparar su té de hierbas naturales y antioxidantes, y en un par de días había tenido la exhaustiva habilidad de criticar cada rincón del país, de la casa y de nosotros mismos, su familia, como si su éxito –relativo, tampoco es una estrella de rock ni un jugador del Milan- le diera derecho a decirnos cómo y dónde debemos vivir. Esa soberbia es consecuencia directa de su escasa estatura, del complejo que sufre por ver la vida desde más abajo que sus hermanos y yo.
Llegó con su esposa, una europea del norte entrada en carnes y de perenne sonrisa. La pobre Ghita hace lo posible por guardar un equilibrio entre la aquiescencia incondicional que le presta a su marido y los deberes de amabilidad propios del huésped inculcados en su severa tierra natal. Trata de justificar o disimular los caprichos de mi hijo, de tender un puente de paz entre sus reclamos altisonantes y nuestra indignación, lo que suele ser una batalla perdida de antemano. Pobre Ghita, me da pena ver sus ojos de conejo inquieto yendo de Pablo a nosotros y de nosotros a Pablo, buscando en su modesto español la palabra precisa que detenga la guerra.
Ahora diré quiénes somos nosotros. No quiero crear la falsa sensación de que somos un bloque uniforme, aglutinado en torno al único propósito de oponernos a Pablo. Marcelo es el mayor de mis hijos, es maestro en una zona rural, es negro. Por supuesto, es adoptado. Josefina vive en una comunidad y tal vez sea anarquista, practica medicinas alternativas, tiene veintitrés años. Anaïs estudia teatro, es la novia de un actor bastante famoso. Y yo soy Mamá. Cada uno vive su vida como puede y no es obligatorio venir a casa los domingos ni pasar juntos la Navidad.
Del otro lado del ring: Pablo. Asesor de algo en lo que necesitan ser asesoradas las empresas extranjeras -aunque no en este país, dice él con el resentimiento de los que se sienten excluidos-, ha tenido cierto éxito y ha reunido algún dinero que le hace comprar objetos de mejor calidad de los que compramos nosotros. Él le llama su “calidad de vida”, aunque esa vida transcurre en una ciudad donde uno puede ser secuestrado y devuelto, digamos, unos tres años después.
Cando se casó con Githa tardó un par de años en comunicárnoslo, y sólo lo hizo cuando ya estaba por nacer Ilse y necesitaba una familia para mostrarle a su hija. Porque Pablo es ante todo un cobarde que nunca se animó a reconocer en público que nos desprecia y se avergüenza esta familia de personas algo diferentes. Estoy segura de que sentado frente a la chimenea de sus suegros –señores sajones y estrictos defensores de las instituciones−, cuenta historias sobre nosotros sacadas de episodios de los Ingalls. Y es que cuando piensa en su familia, estoy segura, en su mente se agazapa la palabra “disfuncionales”.
Ya he dicho algo de cada uno y demasiado de Pablo, ahora diré qué hacemos todos juntos en esta especie de cónclave. Hace un mes me dijeron que tengo leucemia y que necesito un transplante de médula para no morir. ¿Mencioné que no tengo hermanos? Como es de suponer, organicé esta reunión para pedirle a todos que se hagan la prueba de compatibilidad de médula.
Nunca creí que fuera tan difícil decir que tengo cáncer, especialmente al imbécil de Pablo que seguía allí sentado, masticando con cara de vinagre su excelente bife de lomo y exclamando “cancerígeno” cada cinco palabras. Qué ganas tenía de golpearlo y ver saltar sus dientes.
Marcelo propuso un brindis por la reunión y todos estiraron sus copas de vino, salvo Pablo que acercó su vaso de agua sin gas.
- Brindemos por la familia, por la visita de Pablo –dice Marcelo, siempre listo a integrar elementos conflictivos como infantojuveniles o drogodependientes.
- Brindemos por mi cáncer –dije.
Sé que no era la mejor forma de comunicarlo, pero fue así que salió. Además me pregunto por qué no habría de brindar por una desgracia y su pronto final. Para qué decir que hubo un largo momento en que el tiempo se detuvo y ellos quedaron mudos, petrificados, atornillados a sus sillas. Aproveché la inmovilidad para pedirles que se hicieran la bendita prueba y ellos balbucearon asintiendo. Marcelo estaba descartado, pero se encargaría de coordinar las horas con el hospital. Asunto solucionado, pensé, si hay una médula que sirva viviré, de lo contrario moriré en un par de meses. No existía una tercera alternativa.
Desde entonces los días volaron y ya ni sé en qué fecha estoy porque la vorágine de los análisis de laboratorio borra la noción del paso del tiempo. O tal vez mi mente se esté volviendo espesa con los años.
Me puso de mal humor estar internada en ese sitio aséptico y blanco donde no me animaba ni a tirarme un pedo en el baño. La enfermera me había dicho que el cirujano que haría el transplante pasaría al mediodía a “ultimar detalles” y yo supuse que eso quería decir que me alertaría sobre los riesgos y me haría firmar una exoneración de responsabilidad por si tenía el mal gusto de quedarme seca en el quirófano.
Pablo permanecíió a mi lado con devoción de carmelita descalza, me alcanzaba el té, me acercaba la mesa para comer, me tapaba con la manta si estornudaba y me la quitaba ante la menor gota de sudor en mi frente. No criticó mi vida y nunca, pero nunca más dijo la palabra “cancerígeno”.
- Mamá, hoy tenemos arroz con pollo. Qué rico.
Me hablaba como si yo fuera débil mental, lo hubiera golpeado en los dientes, le hubiera recordado que soy su madre, pero me daban a tomar alguna cosa que me hacía sentir amable con el mundo.
Anaïs estaba en el piso de arriba sometiéndose a algunas pruebas finales que confirmarían su compatibilidad, y tal vez en una semana se habría hecho el trasplante de su médula a mí. Marcelo llenaba formularios en la administración.
Es entonces que el médico entra con la delicadeza de una locomotora, empuja la puerta que rebota, pica contra el tope y vuelve a rebotar. Trae una tablilla de donde lee datos secretos, mis valores, mis índices, que me gusta el sexo por la mañana.
- Bueno, traemos algunas novedades.
Otro imbécil que habla en tono condescendiente y en plural, pienso.
- ¿Traemos? ¿Quiénes? –miro hacia la puerta.
Él hace que ríe, una mueca que quiere decirme que soy una anciana graciosa.
Váyase al carajo, doctor Mierda. Lo miro y veo que algo le sucede a este medicucho.
- Se nos había traspapelado el resultado de su biopsia, y no quisimos operar sin ese dato fundamental, ¿comprende? Una cuestión de responsabilidad médica -dice, y observo que el gesto de llevar atrás sus cabellos se sucede cada cinco o seis segundos- nos obligó a repetirla. ¿Comprende?
- No.
Sigue mesándose el pelo, y yo empiezo a comprender, eso sí, que algo fuera de lo común está sucediendo. ¿No es ya demasiado fuera de lo común tener cáncer de médula? ¿Qué más necesito?
- Señora, su biopsia se había traspapelado. Comprenda, este es un hospital muy grande, se atiende a cientos de pacientes.
- ¿Y?
- Hubo un error. Usted no está enferma.
Miro la expresión de Pablo y creo que voy a reir mucho. Reiré el resto de mi vida.
- ¿Un error? –dice él, en un tono algo más agudo de lo habitual.
Pablo no bromea, su piel está tomando color de tomate maduro. Pienso que sus conductas son tan previsibles que logra enternecerme a pesar de ser un imbécil. Mi hijo es un imbécil, pero es mi hijo. Le sonrío con amor de madre.
- Mamá, ¿qué es esto? –chilla como si yo fuera cómplice de la ineficiencia del hospital, como si yo hubiera fingido una mielosis.
Esta misma mañana volvemos a casa en el auto de Josefina, destartalado pero con capacidad para toda la comunidad anarquista, o sea siete personas. Llegamos a casa en menos de media hora, justo al mediodía, hambrientos.
- ¿Hay algo en la heladera?
- Pizzas congeladas.
Todos miramos a Pablo, todos miramos los labios de Pablo donde ya se forma la palabra “cancerígeno”, pero él lo advierte a tiempo y sonríe.
- Qué rico, hace años que no como pizza.
martes 25 de marzo de 2008
Ese imbécil, mi hijo
lunes 24 de marzo de 2008
El beneficio del odio
Después de la iglesia iluminada y florecida para nuestra boda, después de los valses y la torta de seis pisos, enredados en las sábanas de la cama del barco que nos llevaba a una luna de miel en Paris, le hice jurar a Ramona que si algún día dejaba de amarme, sería ella misma quien me lo dijera.
-Siempre lo digo de frente, querido.
Ni la pasión por sus brazos blancos y finos, ni la locura que me provocaba el contraste entre su piel y el oro con brillantes de sus pulseras hizo que sus palabras pasaran de largo por mi entendimiento, y el comentario quedó latiendo en los recovecos de la memoria. Un conocimiento olvidado, una enfermedad agazapada.
Siempre recordaré el tiempo idílico que pasamos en la quinta del Prado que nos regaló su padre, Ramona se ocupaba del jardín y de dar las órdenes en la casa, y yo salía cada mañana a la oficina del centro en el tranvía de las ocho y treinta y tres. Cuando volvía a las cinco en punto de la tarde ella me esperaba con el té servido y los bizcochitos de anís en un plato de porcelana con dibujos de claveles amarillos, servido junto a la ventana que daba al jardín, muy cerca de los canteros con alegrías.
Ahora miro este otro paisaje por esta otra ventana, desde una cama a la que no puedo acostumbrarme, y no consigo recordar tardes más apacibles.
A los seis meses de casados me sorprendió su anuncio de que el jardín la aburría, que nunca había logrado interesarse realmente por las variedades de rosas, que la casa funcionaba muy bien con o sin sus cuidados, y que esa misma tarde había pedido a su padre que le comprara un automóvil para visitar a las Ramírez en Pocitos y a las Dufau en la Ciudad Vieja. Don Luis había prometido hacer lo posible para que ella tuviera su Jaguar antes de terminar el mes, para la fecha del cumpleaños de Toti Estrada que había insistido tanto en que Ramona no faltara a su fiesta. Yo dije alegrarme mucho con la promesa de mi suegro, y tal vez hasta lo haya sentido. Después de todo nadie tenía un Jaguar en el Prado, donde ni siquiera hubo puestos de combustible hasta finales de ese mismo año.
La rutina del té de las cinco y de los bizcochitos servidos entre claveles amarillos sufrió algunos cambios. Lo descubrí la tarde en que llegué a casa a la hora de costumbre y la mesita junto a la ventana que da al jardín no estaba tendida con el mantel habitual de hilo blanco y la porcelana de flores. Sobre la repisa de mármol de la chimenea había una tetera blanca con aspecto de recién comprada y un par de tazas iguales que se apilaban al costado, en lo que me pareció una invitación a servirme yo mismo. Un plato desconocido me ofrecía tres scones, y sospeché antes de probarlos que eran los que habían sobrado del desayuno. No quise discutir los cambios con la mucama y me limité a preguntar por Ramona.
- La señora está en su dormitorio, llegó cansada de sus visitas y no va a bajar a tomar el té.
Con aquella taza ajena a mis tardes haciendo equilibrio entre las manos me senté en el lugar de costumbre junto a la ventana, mirando el jardín y el cantero florecido de alegrías del hogar, sin mantel de hilo ni compañía.
El llamado telefónico de Ramona a la oficina, siempre al mediodía, había sido una agradable rutina que cortaba mi jornada laboral y el tedio del trabajo, una isla donde alejarme por unos minutos de los clientes y los problemas de la empresa de mi suegro. Un jueves a las una y media de la tarde, ya depuestas mis esperanzas de escuchar su voz en el aparato, telefoneé a casa. La mucama dijo que Ramona había salido temprano, y que no había dispuesto nada para el almuerzo ni para la hora del té, aunque para la cena tendríamos las perdices que había mandado don Luis del campo.
No hice reclamos a mi esposa, pero tampoco volví a recibir sus llamadas.
Nuestra vida social era intensa al punto que todos nuestros fines de semanas estaban llenos de fiestas, reuniones o celebraciones de algún tipo. Después de trabajar de lunes a viernes en las oficinas, aquello era un esfuerzo agotador que yo hacía sólo por complacer a mi esposa.
Uno de aquellos sábado de champagne y caviar, yo circulaba por el salón principal de la casa de Eduardo Blanco cuando vi algo que llamó mi atención. Si no hubiera estado tan aburrido difícilmente me hubiera fijado en el juego de vajilla en el que el mozo servía los canapés, pero el tedio, que parece tender al análisis de los detalles, me hizo fijar la atención en los claveles amarillos que asomaban debajo de las canastitas de salmón ahumado.
Intento darme vuelta en la cama, pero el procedimiento es lento. Hace tan solo dos días me visitó Eduardo y no fui capaz de preguntarle nada, tan grande era el disfrute que sentí al encontrarme frente a su horror, viendo cómo desviaba la mirada cada vez que sus ojos chocaban contra mi cara.
Desde que don Luis había llegado con el Jaguar blanco serpenteando por el camino de álamos de la entrada a la casa, ya no me había sido posible mantener la certeza de cruzarme con Ramona.
Algunas veces no la encontraba al llegar de tarde, otras veces la mucama me explicaba que aún dormía, o si por fin lograba que hablara conmigo por teléfono, lo hacía con la voz ausente de quien atiende la confirmación de un pedido de almacén o la llamada mensual de un pariente lejano.
Una mañana, antes de salir para el trabajo, advertí que el juego de sala Luis XV, aquella obra de arte que combinaba palo de rosa y suave pana francesa y que había pertenecido a los abuelos de Ramona, ya no estaba en su sitio ni en ninguna otra parte de la casa. Un único sillón de estilo incierto y tapizado en un género ordinario ocupaban el sitio vacío. Indeciso entre subir al dormitorio a despertar a Ramona o dejar las preguntas para más tarde, vi pasar a la mucama con los restos de mi desayuno.
- Clara, no recuerdo haber visto este mueble anoche.
- No señor, el camión vino muy tarde, creo que eran más de las doce. La señora Ramona vigiló que embalaran correctamente el juego Luis XV para evitar golpes o rayones en la madera, dijo. Y ordenó a los peones de la empresa de mudanzas que pusieran el silloncito en este sitio. Seguramente usted dormía, señor -me pareció detectar una nota de sorna en la voz bien modulada.
Esa tarde Ramona no llegó a la hora del té, y cuando lo hizo, minutos antes de la cena, parecía cansada y con pocas ganas de responder a mis preguntas sobre mobiliarios y desapariciones. Por eso y por el miedo que crecía en mí, decidí dejar el tema para mejor oportunidad. Pero no fue posible, porque ya no volví a ver a mi esposa por la tarde, al llegar del trabajo. Me fui acostumbrando a la tetera sobre la chimenea, al juego de losa blanca y a mirar las alegrías del hogar desde mi soledad junto a la ventana, donde coloqué el sillón llegado entre gallos y mediasnoches.
Ya es la hora de mis curaciones y empiezo a transpirar. En pocos minutos se abrirá la puerta y entrará la mujer vestida de blanco y de sonrisa impersonal, sus gasas, sus ungüentos y sus tijeras, toda la ciencia aplicada a mantener con vida un cuerpo muerto.
El dormitorio de Ramona y el mío eran gemelos, dos habitaciones amplias e iluminadas comunicadas por una puerta, que ella había tenido el buen gusto de amueblar manteniendo el carácter de cada uno pero en total armonía de estilos. El reloj que había sobre mi cómoda era un regalo de sus tíos, una joya valiosísima venida directamente de una reconocida casa suiza que llevaba siglos midiendo con precisión el tiempo de los ricos. Una noche entré y no lo vi, y aunque no me asombró la desaparición lo busqué con la mirada alimentando la ilusión de que la mucama lo hubiera cambiado de sitio, pero con la íntima certeza de que ya no lo encontraría. El reloj no estaba, y sobre mi mesa de luz descansaba un aparato de acero de inoxidable que martillaba los segundos con estrépito de picapedrero. Lentamente me saqué la ropa, me puse el pijama, la bata y la pantuflas, y golpeé la puerta que comunicaba las habitaciones. El silencio se prolongó por unos instantes antes de que yo abriera, y sólo fue interrumpido por mis pasos recorriendo la habitación de mi esposa. A la derecha de la cama todavía sin abrir había un dressoir con espejo, y sobre el estante de mármol un paquete cuidadosamente embalado, del tamaño del reloj.
Volví a mi habitación y me acosté, pero no pude dormir. Pasadas las doce de la noche escuché a Ramona entrar a su dormitorio. Hablaba en voz muy baja con alguien que salió de su habitación de inmediato, y a los pocos minutos me llegó el ruido asordinado de la puerta de calle.
- Ramona -llamé, tratando de ser imperioso.
Escuché unos pasos que se acercaban. Su voz sonó cansada y en susurro desde la puerta que nos unía.
- Aquí estoy, querido.
Se acercó a mi cama, se tendió a mi lado completamente desnuda y me rodeó con sus brazos tan finos, tan blancos.
- Aquí estoy, querido.
Me rodeó con aquellos brazos lechosos y yo escuché sus pulseras de oro y brillantes chocando entre sí, tocando su piel y la mía.
- Aquí estoy, querido.
Después se acabaron las palabras, ella hizo que se esfumaran las ideas, y yo la odié por eso y por tantas cosas.
Y ahora, sumido en esta inmovilidad, inerte e inútil, sé que el dolor y el odio que ella me dejó se han convertido en el único contacto con los sentimientos.
El miércoles a mediodía la llamé por teléfono. Sabía que estaría en casa porque le había ordenado a la mucama que preparara el cordero para el almuerzo. Se lo escuché decir desde la puerta cuando me iba a trabajar.
- La señora Ramona está almorzando, señor.
- Por favor, Clara, vaya y dígale que estoy al teléfono.
La mucama suspiró de manera ostentosa.
- Es que está almorzando con el señor Eduardo, y me dijo que no le pasara llamados, ¾dijo, y luego agregó enlenteciendo las palabras¾ ¿Le aviso igual?
Sentí la frente húmeda, pero seguí adelante.
- Sí, por favor. Dígale que es muy urgente.
Traté de pensar qué urgencia inventaría en los segundos que me quedaban hasta que Ramona tomara la llamada. La mujer dejó el aparato, escuché alejarse sus pasos y yo repasé en mi mente enfermedades fulminantes, muertes inesperadas e incendios arrasadores. Nada tuvo mayor sentido cuando la voz, la misma voz volvió al teléfono.
- La señora Ramona terminó de almorzar y en estos momentos sale con el señor Eduardo al centro. Dice que deje dicho qué sucedió, que en todo caso ella lo llama cuando vuelva.
Sentí mi frente y mi espalda empapadas de humillación. Con el último decoro pronuncié algunas palabras, que pudieron haber sido:
- Es algo personal, me comunicaré con ella más tarde.
Eduardo me visitó el martes, se sentó a mi lado y lo vi desviar la mirada. Sentí su repugnancia como un triunfo final. Dijo que volverá la semana próxima, el mismo día, y entre martes y martes no hay casi nada más que odio, dolor y curaciones inútiles.
Pasé el resto de la tarde pensando qué le diría a Ramona, tratando de idear algo que despertara su remordimiento o su culpa o su horror. Volví a pensar en enfermedades fulminantes, muertes inesperadas e incendios arrasadores. Imaginé la muerte de su padre, un ataque al corazón en su despacho, a sólo dos puertas por medio del que yo ocupaba. Pensé en don Luis tirado sobre su alfombra de Bokara, agarrándose el pecho para detener el colapso, largando babas blancas y espumosas por la boca, intentando entre convulsiones gritar el nombre de su hija. Moriría allí mismo, caído y solo, o en el mejor de los casos quedaría hemipléjico e inválido para el resto de su vida. Pero la suya sería una muerte inútil porque Ramona recién lo sabría de noche, cuando volviera, entrara alegre y despreocupada, con las mejillas rojas, se encontrara con mi mirada y adivinara que algo gravísimo había sucedido.
Al llegar a la casa lo primero que vi fueron los cambios. Las alfombras belgas y las acuarelas inglesas habían desaparecido, pero esta vez siguiendo una lógica diferente a la que ya me estaba acostumbrando. Pisos y paredes lucían desnudos, con las marcas de los objetos ausentes como llagas, a la vista y sin disimulo posible. Ninguna reproducción barata, ninguna alfombra de algodón áspero. Sólo ecos y vacío.
Busqué el té de la tarde sobre el estante de la chimenea, las tazas baratas, pero no estaban.
Llamé a la mucama, fui hasta la cocina, recorrí las habitaciones de servicio. La mucama y la cocinera habían desaparecido, no quedaba nadie en la casa.
Antes de regresar a la sala llena de ecos extraños descubrí una botella de cognac francés en la cocina, y pensé en beberla antes que se evaporara su contenido y el vidrio se disolviera en la nada. Me senté en el salón vacío, en el silloncito que yo mismo había colocado al lado de la ventana, mirando los canteros con alegrías del hogar. Creo que la bebí toda y el alcohol hizo su trabajo en beneficio del odio.
Salí de la casa, crucé el jardín, fui hasta el galpón del fondo, traje a rastras uno de los enormes bidones de combustible que don Luis dejaba cada semana, y antes de avanzar en el living ya vacío de todo objeto, desde la misma puerta de entrada empecé a rociarlo. Fui trazando senderos anchos y ondulados, caminos caprichosos que dibujaba espirales en el suelo de madera de eslabonia de la sala.
Me resultó divertido dibujar figuras, rayas aceitosas, locos arabescos de olor penetrante sobre las tablas oscuras del parqué. En algún momento escuché el sonido de la puerta de calle, abriéndose.
Era Ramona que contemplaba el espectáculo, de pie, el cigarrillo encendido en la mano derecha. Antes de tirarlo, antes de que yo viera las llamas recorriendo con exactitud de copista las volutas que acababa de dibujar, antes de que yo comprendiera que estaba entrampado entre la pared de ladrillos y la pared de fuego, Ramona me sonrió y me dijo:
- Ya no te quiero.
No llegué a verla cuando cerró la puerta, llamas rojas y remolinos negros apretaban mi espalda contra el muro y me desmayé a los pocos minutos, mucho, mucho antes que llegaran los bomberos y rescataran este resto humano que el odio y el dolor todavía mantienen vivo.
-Siempre lo digo de frente, querido.
Ni la pasión por sus brazos blancos y finos, ni la locura que me provocaba el contraste entre su piel y el oro con brillantes de sus pulseras hizo que sus palabras pasaran de largo por mi entendimiento, y el comentario quedó latiendo en los recovecos de la memoria. Un conocimiento olvidado, una enfermedad agazapada.
Siempre recordaré el tiempo idílico que pasamos en la quinta del Prado que nos regaló su padre, Ramona se ocupaba del jardín y de dar las órdenes en la casa, y yo salía cada mañana a la oficina del centro en el tranvía de las ocho y treinta y tres. Cuando volvía a las cinco en punto de la tarde ella me esperaba con el té servido y los bizcochitos de anís en un plato de porcelana con dibujos de claveles amarillos, servido junto a la ventana que daba al jardín, muy cerca de los canteros con alegrías.
Ahora miro este otro paisaje por esta otra ventana, desde una cama a la que no puedo acostumbrarme, y no consigo recordar tardes más apacibles.
A los seis meses de casados me sorprendió su anuncio de que el jardín la aburría, que nunca había logrado interesarse realmente por las variedades de rosas, que la casa funcionaba muy bien con o sin sus cuidados, y que esa misma tarde había pedido a su padre que le comprara un automóvil para visitar a las Ramírez en Pocitos y a las Dufau en la Ciudad Vieja. Don Luis había prometido hacer lo posible para que ella tuviera su Jaguar antes de terminar el mes, para la fecha del cumpleaños de Toti Estrada que había insistido tanto en que Ramona no faltara a su fiesta. Yo dije alegrarme mucho con la promesa de mi suegro, y tal vez hasta lo haya sentido. Después de todo nadie tenía un Jaguar en el Prado, donde ni siquiera hubo puestos de combustible hasta finales de ese mismo año.
La rutina del té de las cinco y de los bizcochitos servidos entre claveles amarillos sufrió algunos cambios. Lo descubrí la tarde en que llegué a casa a la hora de costumbre y la mesita junto a la ventana que da al jardín no estaba tendida con el mantel habitual de hilo blanco y la porcelana de flores. Sobre la repisa de mármol de la chimenea había una tetera blanca con aspecto de recién comprada y un par de tazas iguales que se apilaban al costado, en lo que me pareció una invitación a servirme yo mismo. Un plato desconocido me ofrecía tres scones, y sospeché antes de probarlos que eran los que habían sobrado del desayuno. No quise discutir los cambios con la mucama y me limité a preguntar por Ramona.
- La señora está en su dormitorio, llegó cansada de sus visitas y no va a bajar a tomar el té.
Con aquella taza ajena a mis tardes haciendo equilibrio entre las manos me senté en el lugar de costumbre junto a la ventana, mirando el jardín y el cantero florecido de alegrías del hogar, sin mantel de hilo ni compañía.
El llamado telefónico de Ramona a la oficina, siempre al mediodía, había sido una agradable rutina que cortaba mi jornada laboral y el tedio del trabajo, una isla donde alejarme por unos minutos de los clientes y los problemas de la empresa de mi suegro. Un jueves a las una y media de la tarde, ya depuestas mis esperanzas de escuchar su voz en el aparato, telefoneé a casa. La mucama dijo que Ramona había salido temprano, y que no había dispuesto nada para el almuerzo ni para la hora del té, aunque para la cena tendríamos las perdices que había mandado don Luis del campo.
No hice reclamos a mi esposa, pero tampoco volví a recibir sus llamadas.
Nuestra vida social era intensa al punto que todos nuestros fines de semanas estaban llenos de fiestas, reuniones o celebraciones de algún tipo. Después de trabajar de lunes a viernes en las oficinas, aquello era un esfuerzo agotador que yo hacía sólo por complacer a mi esposa.
Uno de aquellos sábado de champagne y caviar, yo circulaba por el salón principal de la casa de Eduardo Blanco cuando vi algo que llamó mi atención. Si no hubiera estado tan aburrido difícilmente me hubiera fijado en el juego de vajilla en el que el mozo servía los canapés, pero el tedio, que parece tender al análisis de los detalles, me hizo fijar la atención en los claveles amarillos que asomaban debajo de las canastitas de salmón ahumado.
Intento darme vuelta en la cama, pero el procedimiento es lento. Hace tan solo dos días me visitó Eduardo y no fui capaz de preguntarle nada, tan grande era el disfrute que sentí al encontrarme frente a su horror, viendo cómo desviaba la mirada cada vez que sus ojos chocaban contra mi cara.
Desde que don Luis había llegado con el Jaguar blanco serpenteando por el camino de álamos de la entrada a la casa, ya no me había sido posible mantener la certeza de cruzarme con Ramona.
Algunas veces no la encontraba al llegar de tarde, otras veces la mucama me explicaba que aún dormía, o si por fin lograba que hablara conmigo por teléfono, lo hacía con la voz ausente de quien atiende la confirmación de un pedido de almacén o la llamada mensual de un pariente lejano.
Una mañana, antes de salir para el trabajo, advertí que el juego de sala Luis XV, aquella obra de arte que combinaba palo de rosa y suave pana francesa y que había pertenecido a los abuelos de Ramona, ya no estaba en su sitio ni en ninguna otra parte de la casa. Un único sillón de estilo incierto y tapizado en un género ordinario ocupaban el sitio vacío. Indeciso entre subir al dormitorio a despertar a Ramona o dejar las preguntas para más tarde, vi pasar a la mucama con los restos de mi desayuno.
- Clara, no recuerdo haber visto este mueble anoche.
- No señor, el camión vino muy tarde, creo que eran más de las doce. La señora Ramona vigiló que embalaran correctamente el juego Luis XV para evitar golpes o rayones en la madera, dijo. Y ordenó a los peones de la empresa de mudanzas que pusieran el silloncito en este sitio. Seguramente usted dormía, señor -me pareció detectar una nota de sorna en la voz bien modulada.
Esa tarde Ramona no llegó a la hora del té, y cuando lo hizo, minutos antes de la cena, parecía cansada y con pocas ganas de responder a mis preguntas sobre mobiliarios y desapariciones. Por eso y por el miedo que crecía en mí, decidí dejar el tema para mejor oportunidad. Pero no fue posible, porque ya no volví a ver a mi esposa por la tarde, al llegar del trabajo. Me fui acostumbrando a la tetera sobre la chimenea, al juego de losa blanca y a mirar las alegrías del hogar desde mi soledad junto a la ventana, donde coloqué el sillón llegado entre gallos y mediasnoches.
Ya es la hora de mis curaciones y empiezo a transpirar. En pocos minutos se abrirá la puerta y entrará la mujer vestida de blanco y de sonrisa impersonal, sus gasas, sus ungüentos y sus tijeras, toda la ciencia aplicada a mantener con vida un cuerpo muerto.
El dormitorio de Ramona y el mío eran gemelos, dos habitaciones amplias e iluminadas comunicadas por una puerta, que ella había tenido el buen gusto de amueblar manteniendo el carácter de cada uno pero en total armonía de estilos. El reloj que había sobre mi cómoda era un regalo de sus tíos, una joya valiosísima venida directamente de una reconocida casa suiza que llevaba siglos midiendo con precisión el tiempo de los ricos. Una noche entré y no lo vi, y aunque no me asombró la desaparición lo busqué con la mirada alimentando la ilusión de que la mucama lo hubiera cambiado de sitio, pero con la íntima certeza de que ya no lo encontraría. El reloj no estaba, y sobre mi mesa de luz descansaba un aparato de acero de inoxidable que martillaba los segundos con estrépito de picapedrero. Lentamente me saqué la ropa, me puse el pijama, la bata y la pantuflas, y golpeé la puerta que comunicaba las habitaciones. El silencio se prolongó por unos instantes antes de que yo abriera, y sólo fue interrumpido por mis pasos recorriendo la habitación de mi esposa. A la derecha de la cama todavía sin abrir había un dressoir con espejo, y sobre el estante de mármol un paquete cuidadosamente embalado, del tamaño del reloj.
Volví a mi habitación y me acosté, pero no pude dormir. Pasadas las doce de la noche escuché a Ramona entrar a su dormitorio. Hablaba en voz muy baja con alguien que salió de su habitación de inmediato, y a los pocos minutos me llegó el ruido asordinado de la puerta de calle.
- Ramona -llamé, tratando de ser imperioso.
Escuché unos pasos que se acercaban. Su voz sonó cansada y en susurro desde la puerta que nos unía.
- Aquí estoy, querido.
Se acercó a mi cama, se tendió a mi lado completamente desnuda y me rodeó con sus brazos tan finos, tan blancos.
- Aquí estoy, querido.
Me rodeó con aquellos brazos lechosos y yo escuché sus pulseras de oro y brillantes chocando entre sí, tocando su piel y la mía.
- Aquí estoy, querido.
Después se acabaron las palabras, ella hizo que se esfumaran las ideas, y yo la odié por eso y por tantas cosas.
Y ahora, sumido en esta inmovilidad, inerte e inútil, sé que el dolor y el odio que ella me dejó se han convertido en el único contacto con los sentimientos.
El miércoles a mediodía la llamé por teléfono. Sabía que estaría en casa porque le había ordenado a la mucama que preparara el cordero para el almuerzo. Se lo escuché decir desde la puerta cuando me iba a trabajar.
- La señora Ramona está almorzando, señor.
- Por favor, Clara, vaya y dígale que estoy al teléfono.
La mucama suspiró de manera ostentosa.
- Es que está almorzando con el señor Eduardo, y me dijo que no le pasara llamados, ¾dijo, y luego agregó enlenteciendo las palabras¾ ¿Le aviso igual?
Sentí la frente húmeda, pero seguí adelante.
- Sí, por favor. Dígale que es muy urgente.
Traté de pensar qué urgencia inventaría en los segundos que me quedaban hasta que Ramona tomara la llamada. La mujer dejó el aparato, escuché alejarse sus pasos y yo repasé en mi mente enfermedades fulminantes, muertes inesperadas e incendios arrasadores. Nada tuvo mayor sentido cuando la voz, la misma voz volvió al teléfono.
- La señora Ramona terminó de almorzar y en estos momentos sale con el señor Eduardo al centro. Dice que deje dicho qué sucedió, que en todo caso ella lo llama cuando vuelva.
Sentí mi frente y mi espalda empapadas de humillación. Con el último decoro pronuncié algunas palabras, que pudieron haber sido:
- Es algo personal, me comunicaré con ella más tarde.
Eduardo me visitó el martes, se sentó a mi lado y lo vi desviar la mirada. Sentí su repugnancia como un triunfo final. Dijo que volverá la semana próxima, el mismo día, y entre martes y martes no hay casi nada más que odio, dolor y curaciones inútiles.
Pasé el resto de la tarde pensando qué le diría a Ramona, tratando de idear algo que despertara su remordimiento o su culpa o su horror. Volví a pensar en enfermedades fulminantes, muertes inesperadas e incendios arrasadores. Imaginé la muerte de su padre, un ataque al corazón en su despacho, a sólo dos puertas por medio del que yo ocupaba. Pensé en don Luis tirado sobre su alfombra de Bokara, agarrándose el pecho para detener el colapso, largando babas blancas y espumosas por la boca, intentando entre convulsiones gritar el nombre de su hija. Moriría allí mismo, caído y solo, o en el mejor de los casos quedaría hemipléjico e inválido para el resto de su vida. Pero la suya sería una muerte inútil porque Ramona recién lo sabría de noche, cuando volviera, entrara alegre y despreocupada, con las mejillas rojas, se encontrara con mi mirada y adivinara que algo gravísimo había sucedido.
Al llegar a la casa lo primero que vi fueron los cambios. Las alfombras belgas y las acuarelas inglesas habían desaparecido, pero esta vez siguiendo una lógica diferente a la que ya me estaba acostumbrando. Pisos y paredes lucían desnudos, con las marcas de los objetos ausentes como llagas, a la vista y sin disimulo posible. Ninguna reproducción barata, ninguna alfombra de algodón áspero. Sólo ecos y vacío.
Busqué el té de la tarde sobre el estante de la chimenea, las tazas baratas, pero no estaban.
Llamé a la mucama, fui hasta la cocina, recorrí las habitaciones de servicio. La mucama y la cocinera habían desaparecido, no quedaba nadie en la casa.
Antes de regresar a la sala llena de ecos extraños descubrí una botella de cognac francés en la cocina, y pensé en beberla antes que se evaporara su contenido y el vidrio se disolviera en la nada. Me senté en el salón vacío, en el silloncito que yo mismo había colocado al lado de la ventana, mirando los canteros con alegrías del hogar. Creo que la bebí toda y el alcohol hizo su trabajo en beneficio del odio.
Salí de la casa, crucé el jardín, fui hasta el galpón del fondo, traje a rastras uno de los enormes bidones de combustible que don Luis dejaba cada semana, y antes de avanzar en el living ya vacío de todo objeto, desde la misma puerta de entrada empecé a rociarlo. Fui trazando senderos anchos y ondulados, caminos caprichosos que dibujaba espirales en el suelo de madera de eslabonia de la sala.
Me resultó divertido dibujar figuras, rayas aceitosas, locos arabescos de olor penetrante sobre las tablas oscuras del parqué. En algún momento escuché el sonido de la puerta de calle, abriéndose.
Era Ramona que contemplaba el espectáculo, de pie, el cigarrillo encendido en la mano derecha. Antes de tirarlo, antes de que yo viera las llamas recorriendo con exactitud de copista las volutas que acababa de dibujar, antes de que yo comprendiera que estaba entrampado entre la pared de ladrillos y la pared de fuego, Ramona me sonrió y me dijo:
- Ya no te quiero.
No llegué a verla cuando cerró la puerta, llamas rojas y remolinos negros apretaban mi espalda contra el muro y me desmayé a los pocos minutos, mucho, mucho antes que llegaran los bomberos y rescataran este resto humano que el odio y el dolor todavía mantienen vivo.
Palabras misiles
Hay palabras, palabras que son importantes y que hablan de fracasos que ya nadie puede evitar, palabras que uno quisiera no pronunciar jamás pero algunas circunstancias las ponen en nuestras bocas y nosotros no atinamos sino mover los labios y decirlas, a abrir las escotillas y dejarlas salir.
- Quiero separarme, no quiero seguir viviendo contigo.
La expresión de Javier lo muestra entre sorprendido y herido, y aunque yo sé que algo está mal, que no debería ser así, que hace ya mucho tiempo que él debió haber advertido los signos del deterioro y tomar cuenta del desbarranco en que se convirtió nuestra relación, casi me arrepiento de haber dicho lo que dije. Pero viendo la evolución sutil de las líneas de su rostro, se me ocurre pensar si no estoy presenciando una actuación gestual, una mise en scene callada y tal vez involuntaria.
Me pregunto si él esperaba que yo le diera aviso con tres días de anticipo, si pensaba que iba a plantear nuestra separación por telegrama colacionado, como si las discusiones del principio del fin de nuestra relación o la indiferencia agazapada en los pliegues de los últimos tiempos no hubieran sido un preaviso suficiente. Pero él continúa mirándome con su expresión estupefacta –sí, tal vez demasiado estupefacta-, lastimada, evidentemente dolida, y yo, como víctima de un acto reflejo desencadenado por fuerzas invisibles, siento llegar la culpa que empieza a cubrir mis pensamientos y mi voluntad con su manto gelatinoso de medusa. Miro a Javier y estoy segura que él es capaz de percibir mi súbita confusión, tal como si mis sentimientos fueran sólidamente aparentes. Con mis dudas expuestas, lo veo rearmarse, reorganizar sus defensas seguro de poder dar en el blanco. Ahora apuntará y me hará trizas, pienso.
La culpa apareció muy temprano en mi vida de la mano de mi abuela, una mujer ya demasiado vieja para cuidar de una niña de mi edad. “Si no dejás de hacer ruido, la Abuela no podrá dormir la siesta, su corazón dejará de funcionar y morirá antes que sea de noche, y todo será por tu culpa”, me decía señalándome con el dedo flaco desde el marco de la puerta, moviendo su pelo enmarañado de la almohada, paralizando a mitad de camino mi mano, la que sostenía el palito del xilofón y clavando su imagen en la eternidad de mis pesadillas.
Ahora Javier hablará de los niños, querrá saber qué le diremos, exigirá saber cómo explicarles mis decisiones. Pero yo tampoco soy tan ingenua como para no haber previsto que esto sucedería. Sé que no debo perder de vista que entre los iconoclastas que sólo creen en la familia uniparental y los fundamentalistas católicos que sólo aceptan el matrimonio como célula base, hay una gama casi infinita de posibilidades para resolver situaciones como la que yo estoy planteando. Sé racionalmente que los hijos de padres divorciados tienen las mismas posibilidades de inclinarse al delito o a la inmoralidad o a la violencia desenfrenada que los que provienen de una unión mantenida a través de los años. Pero mis convicciones más firmes siempre trastabillan cuando él frunce así el entrecejo y menciona a los niños con voz firme y sin fisuras.
- Le vamos a decir la verdad, y si es necesario buscaremos un apoyo profesional -me recompongo, apelando a argumentos ensayados y probados a lo largo de la historia, argumentos que garantizan la racionalidad de la propuesta con una larga bibliografía que vengo consultando a escondidas.
Miro la expresión dura de Javier y allí sentada en la mesa de la cocina, pulverizando las migas de lo que fue un pedazo de pan, bajo su mirada que se va volviendo de acero, entiendo cabalmente qué es el peligro, el significado de esa palabra que tantas veces he usado frívolamente, sin la menor conciencia de su verdadero contenido: el peligro es algo que hasta el momento no parecía capaz de hacerte daño, pero que súbitamente adquiere la potencialidad de convertirte en despojos de tí mismo.
Sé que en breves instantes él descalificará mis argumentos -estupideces seudo científicas, las llamará levantando un poco la voz, con su firmeza de profesional del alegato-, dirá que no hay explicaciones ni terapias que ahorren el sufrimiento de los niños, que los protejan contra tanta tristeza. Utilizará palabras contundentes, palabras que transforman una separación en una ordalía de los sentimientos. Pero por sobre todos sus argumentos, por sobre todas las palabras inflexibles que utilizará para destruirme, su mirada fija me dirá que desconoce expresamente a esta mujer que intenta deshacer su familia.
Yo quisiera dejar la conversación en este punto, no avanzar más en esta dirección, pero quedo sentada y quieta, como quedaba frente al xilofón en casa de mi abuela, sintiéndome como nunca señalada con el dedo, librada a mi suerte y por fuera del mundo, como en otra galaxia. Y desde allí, sola y abandonada hasta de mí misma, siento avanzar el miedo, esa sensación elemental que nos impulsa a querer huir, a ponernos a salvo en un agujero. Y la culpa que avanza y me repite que soy yo quien está causando la catástrofe y que sólo yo puedo detenerla. Trato de reaccionar, de buscar en mi repertorio de argumentos aprendidos, busco desesperada las palabras que me pongan a resguardo de sus ataques y sobre todo, de mis propias debilidades.
- Javier, yo no te quiero.
Lo digo sin mirarlo, saco a relucir mi escudo sin ver al enemigo y antes de que él arme su nuevo ataque.
- Hace tiempo que dejé de quererte, pero vos no lo querés aceptar y preferís seguir fingiendo...
No quiero mirarlo, sé que ahora su entrecejo se habrá distendido, las comisuras de sus labios habrán descendido de manera perceptible y sus ojos enfocarán a otra parte, perdidos en un sitio distante, transfigurados y húmedos. Ahora debo cuidar mi flanco más débil, la mirada. Si lo miro, sé que veré su expresión de tristeza y desconcierto, y sé que descubriré el brillo ajeno. En pocos instantes escucharé su respiración entrecortada, y sentiré la necesidad de mirar de frente su tristeza, la profunda decepción que le causan las palabras que yo me escucho pronunciar, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas y que tal vez yo deba llevar dentro de mí para siempre. Palabras misiles.
Desde otra galaxia escucho el sonido de la puerta, al perro que ladra, y la voz que me llega desde el frente de la casa.
- Hola, querida. ¿Dónde estás?
Yo abro los ojos, miro por última vez la foto de Javier apoyada contra la botella de coca cola y susurro las últimas palabras antes de callar para siempre:
- Ya no te quiero, ya no te quiero.
Después la guardo en su lugar del cajón, debajo de los repasadores, mientras respondo.
- Acá, Javier, esperándote para cenar.
- Quiero separarme, no quiero seguir viviendo contigo.
La expresión de Javier lo muestra entre sorprendido y herido, y aunque yo sé que algo está mal, que no debería ser así, que hace ya mucho tiempo que él debió haber advertido los signos del deterioro y tomar cuenta del desbarranco en que se convirtió nuestra relación, casi me arrepiento de haber dicho lo que dije. Pero viendo la evolución sutil de las líneas de su rostro, se me ocurre pensar si no estoy presenciando una actuación gestual, una mise en scene callada y tal vez involuntaria.
Me pregunto si él esperaba que yo le diera aviso con tres días de anticipo, si pensaba que iba a plantear nuestra separación por telegrama colacionado, como si las discusiones del principio del fin de nuestra relación o la indiferencia agazapada en los pliegues de los últimos tiempos no hubieran sido un preaviso suficiente. Pero él continúa mirándome con su expresión estupefacta –sí, tal vez demasiado estupefacta-, lastimada, evidentemente dolida, y yo, como víctima de un acto reflejo desencadenado por fuerzas invisibles, siento llegar la culpa que empieza a cubrir mis pensamientos y mi voluntad con su manto gelatinoso de medusa. Miro a Javier y estoy segura que él es capaz de percibir mi súbita confusión, tal como si mis sentimientos fueran sólidamente aparentes. Con mis dudas expuestas, lo veo rearmarse, reorganizar sus defensas seguro de poder dar en el blanco. Ahora apuntará y me hará trizas, pienso.
La culpa apareció muy temprano en mi vida de la mano de mi abuela, una mujer ya demasiado vieja para cuidar de una niña de mi edad. “Si no dejás de hacer ruido, la Abuela no podrá dormir la siesta, su corazón dejará de funcionar y morirá antes que sea de noche, y todo será por tu culpa”, me decía señalándome con el dedo flaco desde el marco de la puerta, moviendo su pelo enmarañado de la almohada, paralizando a mitad de camino mi mano, la que sostenía el palito del xilofón y clavando su imagen en la eternidad de mis pesadillas.
Ahora Javier hablará de los niños, querrá saber qué le diremos, exigirá saber cómo explicarles mis decisiones. Pero yo tampoco soy tan ingenua como para no haber previsto que esto sucedería. Sé que no debo perder de vista que entre los iconoclastas que sólo creen en la familia uniparental y los fundamentalistas católicos que sólo aceptan el matrimonio como célula base, hay una gama casi infinita de posibilidades para resolver situaciones como la que yo estoy planteando. Sé racionalmente que los hijos de padres divorciados tienen las mismas posibilidades de inclinarse al delito o a la inmoralidad o a la violencia desenfrenada que los que provienen de una unión mantenida a través de los años. Pero mis convicciones más firmes siempre trastabillan cuando él frunce así el entrecejo y menciona a los niños con voz firme y sin fisuras.
- Le vamos a decir la verdad, y si es necesario buscaremos un apoyo profesional -me recompongo, apelando a argumentos ensayados y probados a lo largo de la historia, argumentos que garantizan la racionalidad de la propuesta con una larga bibliografía que vengo consultando a escondidas.
Miro la expresión dura de Javier y allí sentada en la mesa de la cocina, pulverizando las migas de lo que fue un pedazo de pan, bajo su mirada que se va volviendo de acero, entiendo cabalmente qué es el peligro, el significado de esa palabra que tantas veces he usado frívolamente, sin la menor conciencia de su verdadero contenido: el peligro es algo que hasta el momento no parecía capaz de hacerte daño, pero que súbitamente adquiere la potencialidad de convertirte en despojos de tí mismo.
Sé que en breves instantes él descalificará mis argumentos -estupideces seudo científicas, las llamará levantando un poco la voz, con su firmeza de profesional del alegato-, dirá que no hay explicaciones ni terapias que ahorren el sufrimiento de los niños, que los protejan contra tanta tristeza. Utilizará palabras contundentes, palabras que transforman una separación en una ordalía de los sentimientos. Pero por sobre todos sus argumentos, por sobre todas las palabras inflexibles que utilizará para destruirme, su mirada fija me dirá que desconoce expresamente a esta mujer que intenta deshacer su familia.
Yo quisiera dejar la conversación en este punto, no avanzar más en esta dirección, pero quedo sentada y quieta, como quedaba frente al xilofón en casa de mi abuela, sintiéndome como nunca señalada con el dedo, librada a mi suerte y por fuera del mundo, como en otra galaxia. Y desde allí, sola y abandonada hasta de mí misma, siento avanzar el miedo, esa sensación elemental que nos impulsa a querer huir, a ponernos a salvo en un agujero. Y la culpa que avanza y me repite que soy yo quien está causando la catástrofe y que sólo yo puedo detenerla. Trato de reaccionar, de buscar en mi repertorio de argumentos aprendidos, busco desesperada las palabras que me pongan a resguardo de sus ataques y sobre todo, de mis propias debilidades.
- Javier, yo no te quiero.
Lo digo sin mirarlo, saco a relucir mi escudo sin ver al enemigo y antes de que él arme su nuevo ataque.
- Hace tiempo que dejé de quererte, pero vos no lo querés aceptar y preferís seguir fingiendo...
No quiero mirarlo, sé que ahora su entrecejo se habrá distendido, las comisuras de sus labios habrán descendido de manera perceptible y sus ojos enfocarán a otra parte, perdidos en un sitio distante, transfigurados y húmedos. Ahora debo cuidar mi flanco más débil, la mirada. Si lo miro, sé que veré su expresión de tristeza y desconcierto, y sé que descubriré el brillo ajeno. En pocos instantes escucharé su respiración entrecortada, y sentiré la necesidad de mirar de frente su tristeza, la profunda decepción que le causan las palabras que yo me escucho pronunciar, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas y que tal vez yo deba llevar dentro de mí para siempre. Palabras misiles.
Desde otra galaxia escucho el sonido de la puerta, al perro que ladra, y la voz que me llega desde el frente de la casa.
- Hola, querida. ¿Dónde estás?
Yo abro los ojos, miro por última vez la foto de Javier apoyada contra la botella de coca cola y susurro las últimas palabras antes de callar para siempre:
- Ya no te quiero, ya no te quiero.
Después la guardo en su lugar del cajón, debajo de los repasadores, mientras respondo.
- Acá, Javier, esperándote para cenar.
¿Dónde está la verdadera vida?
“¿Dónde está la verdadera vida? Creo que todavía no he tenido la mía”, pensó Sara mientras volvía a su escritorio, un cubículo de material compensado de un metro y algo por un metro y algo.
Acababa de tener una conversación con Janet, que la había llamado a su despacho por no haber llegado al standard mensual de ventas exigido por la empresa al Departamento de Telemarketing. La gerente le había exhibido el gráfico de rendimiento −una torta con porciones de colores−, y le había preguntado cómo la interpretaba. Sara no había entendido qué tipo de respuesta esperaba, pero prometió esforzarse mucho más en los meses venideros. Janet había insistido en la necesidad de elevar las ventas para Navidad, y Sara pensó que nadie querría poner una parcela de cementerio parquizado en el arbolito. Pero se calló y asintió.
Como jefa de Telemarketing tenía derecho a ese escritorio y a la vieja computadora, mientras los demás empleados trabajaban en una mesa larga llena de teléfonos ubicada en un corredor, enfrentados a una pared blanca que había dejado de serlo después de años de uñas furiosas y yemas distraídas. Miró sus tres tabiques de madera compensada con orgullo, había trabajado para ganarse ese espacio y no quería perderlo con Cristian. Pero cuál es la verdadera vida, se preguntó por quinta vez en la mañana, asumiendo que ese trabajo, aquel apartamento y su novio, no lo eran. Tal vez la vida no se presente así no más y haya que salir a buscarla. Tal vez su verdadera vida estuviera esperándola en Grecia o en Ecuador.
Eran casi las cinco cuando se levantó a recoger los reportes de los empleados. Dos parcelas vendidas en todo un día de trabajo. “Productividad muy descendida” había dicho Janet, pero qué iba a hacer ella si en verano la gente no pensaba en la muerte. Ya llegaría junio y el frío, la gente volvería a enfermarse y los lotes en los cementerios comenzarían a moverse. Dos parcelas, qué miseria. Y las dos las había vendido Cristian, tendría que vigilarlo, saber cómo lo conseguía. Ayer había vendido tres él sólo. Un peligro. Cada poco tiempo aparecía algún vendedor que aspiraba a robarle su jaula de material compensado y su computadora vieja, y ella sabía que la situación terminaría conduciendo a un enfrentamiento del que uno de los dos saldría sin trabajo.
Demasiadas preocupaciones, demasiadas para una verdadera vida.
Trató de concentrarse en el concepto de éxito con las técnicas que le habían enseñado en su último curso de “Ventas Telefónicas: Tu Mente Tiene el Poder”, de mantener la idea de que era una mujer triunfadora hasta verla tomar cuerpo y realizarse. Si ella se concentraba en el pensamiento el deseo se volvería realidad, decía la teoría de Schwartz y Berlinger. En la práctica no había logrado mucho, tal vez sólo cuando había deseado que volviera su gata de una incursión callejera que duró más de dos días.
Quiero una verdadera vida, pensó con fuerza y sin convicción mientras se aferraba al travesaño del ómnibus que la llevaba a su casa. Quiero una verdadera vida, e imaginó una casa en algún lugar de Grecia −no pudo recordar más nombres de ciudades que Atenas, así que tendría que ser en Atenas−, aunque su idea era algo más moderno que una casa con columnas de mármol. Quiero una verdadera vida, gritó el deseo en su mente mientras acertaba la punta de la llave en la cerradura del apartamento.
Esa noche cenó sola frente al televisor apagado, sopa instantánea y un guisado de arroz rehidratado de hongos que había sacado de una bolsa, pensó en su futuro y anotó un Plan de Vida Anual en la servilleta.
Aumentar las Ventas
Dejar con Michael
Viajar a Grecia
Comió un poco más de arroz con hongos, y después de vacilar unos minutos, siguió anotando.
Pedir a Janet para hacer el Seminario de Guiones de Ventas Exitosos
Mandar las frazadas a la tintorería
Visitar a la tía Gladys
Después de eso lavó alguna ropa de la semana y pensó en agregar a la lista “comprar un lavarropas”, pero lo olvidó de inmediato.
Sacó del armario del dormitorio los impresos del “Seminario de Conversaciones Eficaces” que tenía guardados en una carpeta dentro de una bolsa, y se quedó repasando el capítulo de Estrategias para Captar la Atención del Cliente, Despertar su Interés y Movilizarlo a la Acción. Tomó notas en el bloc de tapas azules que había comprado hacía seis meses para anotar recetas de cocina, donde figuraba un solitario chop suey de pollo y verduras, y a continuación copió algunas ideas para “generar sintonía y manejar posibles obstáculos que limiten o impidan lograr la concreción del negocio”.
Se durmió pensando en que aumentaría las ventas, tal como había aprendido, y a la mañana siguiente despertó extenuada después de una noche entera de soñar que trabajaba y trabajaba.
Mientras se duchaba recordó que Michael no la había llamado desde el martes, se preguntó si dejar la relación con ella no sería también parte de la lista de tareas que su novio se había propuesto cumplir antes de fin de año. Pero justo al salir para el trabajo sonó el teléfono y era él, proponiéndole ver un película de carreras de autos esa misma noche, con pizzas y cerveza. Ella dudó, recordó haber aprendido en un training para telemarketers que se puede ser más persuasivo y convincente en el manejo de dudas y objeciones si la conversación se desarrolla en terreno propio o neutral. Pero tampoco tenía ganas de que él viniera a su casa y pusiera las botas sobre su sofá rosado, y aceptó.
Llegó al trabajo media hora antes que los demás, imprimió una lista de teléfonos para sí misma y otra con consignas precisas para sus empleados, que les fue entregando a medida que llegaban. A las nueve todos estaban listos y empezaron a trabajar. Ella misma hizo unas cincuenta llamadas antes de las cuatro de la tarde. Aunque el trabajo de campo no estaba especialmente previsto entre sus competencias laborales como Jefa de Telemarketing, era bien visto por la gerencia que lo asumiera, sin descuidar el propio. En la práctica, esa combinación de tareas insumía mucho más de las ocho horas de trabajo remunerado y aquella empresa desconocía el concepto de horas extras, pero a ella le pareció una buena inversión quedarse hasta la noche.
Cerró la planilla del día, satisfecha. Se habían vendido once parcelas, seis justo antes del mediodía, lo que demostraba que se es más proclive a pensar en la muerte con el estómago vacío. El problema era que Cristian había vendido cuatro, mientras que ella había vendido sólo tres. Seguro que Janet aplaudiría el aumento de las ventas, pero le pasaría la factura por la mejor performance del nuevo empleado.
Apagó la computadora, se puso el saco y salió a la calle con el ceño fruncido, aunque al respirar el aire de la noche sintió que estaba en el camino de la verdadera vida.
Ahora debía concentrarse en Michael, pensar en las palabras que usaría para explicarle que él no entraba en sus planes del año entrante. Mientras caminaba pensó que en toda su vida no había habido más de tres o cuatro hombres que demostraran interés en ella. ¿Y si Michael era el último? ¿Y si después de Michael ningún hombre volvía a llamarla, a invitarla a comer pizza, a poner las botas sobre su sofá rosado? Se tranquilizó pensando que todo era una cuestión de actitud, que ella no era tan fea sino que no había sabido mantener una actitud positiva a lo largo de sus treinta años. Si pensaba en su propio éxito sería exitosa, Schwartz y Berlinger.
Una hora más tarde, mientras los autos de carrera se perseguían y se alcanzaba y cambiaban sus neumáticos y se salían de la pista y se incendiaban, ella pensó en las prioridades del día siguiente, armó la jornada, repartió el trabajo, desarrolló un Guión Tipo Adecuado al Producto, decidió hablar con Janet por aquello del seminario. Al terminar la película se sirvió otro vaso de cerveza, y aunque era el cuarto creyó que podría necesitarlo. Michael había pedido la pizza favorita de ella, y esos detalles solían conmoverla, la hacían dudar de sus intenciones, confundían su firmeza. Dudó. ¿Habría vida después de Michael?
Después de hacer el amor ya no le fue posible hacer planteo alguno, y se durmió. Despertó en medio de la noche atrapada en una telaraña de dudas, con la única certeza de haber soñado con su verdadera vida, pero aunque se esforzó por atrapar algún recuerdo, sólo le quedó la memoria vaga de una caminata por Atenas. ¿Las calles de Atenas tendrían plátanos? ¿O cipreses? En su sueño sólo eran árboles.
Esa misma mañana volvió a su casa a buscar ropa limpia, y encontró un anuncio que le habían pasado debajo de la puerta.
“Jesús Salva.
Encuentre la Verdadera Vida.
Esta tarde y todas las tardes sea testigo presencial de los milagros de Jesús”.
El papel, un simple volante de diez centímetros por diez, brillaba en la oscuridad del corredor con una luz azulada. Sara pensó que estaba presenciando un milagro y la recorrió un escalofrío, una agradable sensación de que Dios la estaba llamando. Puso el volante publicitario a la altura de los ojos, inclinó la cabeza y pensó en alguna oración, aunque sólo recordó trozos de una y otra. Después tuvo que apurarse para llegar a tiempo al trabajo.
Llegó tarde a pesar de los esfuerzos. Uno de los Directores había venido a la Filial Centro −nombre excesivo para un apartamento viejo de tres habitaciones−, y Sara no estaba presente a la hora de iniciar la actividad del Departamento de Telemarketing. Entró cinco minutos pasadas las nueve, Cristian ya había asumido la función de distribuir las tareas del día, y Janet lo había dejado hacer con una sonrisa complaciente frente al Director. Como todo lo que comienza mal, aquel no había sido un gran día. Las ventas volvieron a descender a pesar de que Sara hizo más de setenta llamados.
A las cinco de la tarde se fueron todos, y Sara recordó el volante de Jesús Salva, el llamado que Dios le había hecho esa misma mañana. Se puso el saco y salió a la calle, corrió un taxi y llegó a tiempo para conseguir una silla en un atestado cine céntrico.
Alguien que no lograba ver hablaba muy fuerte, invitaba a los presentes a relatar sus enfermedades, a contar sus milagros. Aleluya, gritaba él, gritaban todos. La gente se iba acomodando en lo sitios disponibles y después de unos minutos Sara pudo ver al pastor, un individuo pequeño pero con voz de trueno. Su vecino de silla se pasó al frente, a una tarima donde había un micrófono para hacer los pedidos a Jesús, pidió trabajo porque hacía seis meses que estaba desocupado. Antes había pasado una mujer que quería curarse de un tumor en la rodilla, y trabajo para su hijo menor, y una casa que no se lloviera. El pastor les gritaba que creyeran en Jesús, que expulsaran los demonios, que aleluya, y llamaba al siguiente. Pasaron diez, veinte más, y en cada oportunidad Sara comenzaba a levantarse de la silla, pero nunca era suficientemente veloz y alguien se le adelantaba. Se dijo que estaba allí por un propósito, que debía vencer la timidez.
Cuando la mujer que pedía lluvia para la soja y cura para sus várices fue despedida con el correspondiente aleluya, Sara saltó de su sitio y casi corrió a la tarima. Subió nerviosa, la respiración jadeante y las manos convulsas, se acercó al micrófono.
− ¿Cómo es su nombre, hermana?
− Sara.
− ¿Qué bendiciones le pide a Jesús, Sara?
− Ventas en mi trabajo y …
− La hermana Sara será bendecida con más ventas en su trabajo, hermanos. Aleluya.
Permaneció frente al micrófono pero el pastor ya no la miraba, decía algo sobre el diezmo que habría de recolectarse en unos momentos. Sara tomó el micrófono con mano temblorosa y lo acercó.
− Y quiero una verdadera vida.
El pastor giró la cabeza hacia ella y la descubrió todavía sobre la tarima, torció el gesto.
− La Verdadera Vida es Jesús, hermana. No hay otra verdadera vida.
Hubo unos segundos de silencio.
− Aleluya.
Alguien de la primera fila le hizo señas para que volviera a su sitio, y mientras bajaba de la tarima se cruzó con un gordo que renqueaba, que era conducido por dos personas.
Puso un billete en un sobre que alguien le entregó, y salió apresurada a la calle. No esperaba que ya fuera de noche.
Al llegar a su casa llamó a Michael y le dijo que tenía algunos planes para el año entrante, él no comprendió de qué le estaba hablando, pero ella sintió que así preparaba el camino para dejarlo. Después lavó ropa y trató de releer algunos apuntes, pero no pudo. Buscó el volante de Jesús Salva que había encontrado esa mañana, lo buscó en su cartera, en la billetera, dentro del porta documentos. Había desaparecido. Tal vez eso fuera una señal, pero no pudo descifrar el sentido del mensaje.
Llamó a la tía Gladys, que la invitó a almorzar el domingo.
El día siguiente transcurrió en una actividad frenética. Se hicieron más ventas que en toda la semana anterior, y ella misma sobrepasó largamente las de Cristian. Janet la felicitó por su esfuerzo, y prometió enviarla al mes siguiente al Seminario de Guiones de Ventas Exitosos. Trabajó hasta las ocho y media de la noche, pero salió del edificio satisfecha, segura de que Jesús, Schwartz y Berlinger la estaban guiando a una verdadera vida.
Antes de dormirse colgó la ropa que había lavado. Una aureola celeste comenzaba a dibujarse en el bolsillo superior de su blusa de trabajo. Metió los dedos y sacó una masa húmeda y luminosa, brillante, el volante de Jesús Salva, un bollo de papel mojado que había desteñido la tela con la pintura fosforescente de la que están hechos los milagros.
Acababa de tener una conversación con Janet, que la había llamado a su despacho por no haber llegado al standard mensual de ventas exigido por la empresa al Departamento de Telemarketing. La gerente le había exhibido el gráfico de rendimiento −una torta con porciones de colores−, y le había preguntado cómo la interpretaba. Sara no había entendido qué tipo de respuesta esperaba, pero prometió esforzarse mucho más en los meses venideros. Janet había insistido en la necesidad de elevar las ventas para Navidad, y Sara pensó que nadie querría poner una parcela de cementerio parquizado en el arbolito. Pero se calló y asintió.
Como jefa de Telemarketing tenía derecho a ese escritorio y a la vieja computadora, mientras los demás empleados trabajaban en una mesa larga llena de teléfonos ubicada en un corredor, enfrentados a una pared blanca que había dejado de serlo después de años de uñas furiosas y yemas distraídas. Miró sus tres tabiques de madera compensada con orgullo, había trabajado para ganarse ese espacio y no quería perderlo con Cristian. Pero cuál es la verdadera vida, se preguntó por quinta vez en la mañana, asumiendo que ese trabajo, aquel apartamento y su novio, no lo eran. Tal vez la vida no se presente así no más y haya que salir a buscarla. Tal vez su verdadera vida estuviera esperándola en Grecia o en Ecuador.
Eran casi las cinco cuando se levantó a recoger los reportes de los empleados. Dos parcelas vendidas en todo un día de trabajo. “Productividad muy descendida” había dicho Janet, pero qué iba a hacer ella si en verano la gente no pensaba en la muerte. Ya llegaría junio y el frío, la gente volvería a enfermarse y los lotes en los cementerios comenzarían a moverse. Dos parcelas, qué miseria. Y las dos las había vendido Cristian, tendría que vigilarlo, saber cómo lo conseguía. Ayer había vendido tres él sólo. Un peligro. Cada poco tiempo aparecía algún vendedor que aspiraba a robarle su jaula de material compensado y su computadora vieja, y ella sabía que la situación terminaría conduciendo a un enfrentamiento del que uno de los dos saldría sin trabajo.
Demasiadas preocupaciones, demasiadas para una verdadera vida.
Trató de concentrarse en el concepto de éxito con las técnicas que le habían enseñado en su último curso de “Ventas Telefónicas: Tu Mente Tiene el Poder”, de mantener la idea de que era una mujer triunfadora hasta verla tomar cuerpo y realizarse. Si ella se concentraba en el pensamiento el deseo se volvería realidad, decía la teoría de Schwartz y Berlinger. En la práctica no había logrado mucho, tal vez sólo cuando había deseado que volviera su gata de una incursión callejera que duró más de dos días.
Quiero una verdadera vida, pensó con fuerza y sin convicción mientras se aferraba al travesaño del ómnibus que la llevaba a su casa. Quiero una verdadera vida, e imaginó una casa en algún lugar de Grecia −no pudo recordar más nombres de ciudades que Atenas, así que tendría que ser en Atenas−, aunque su idea era algo más moderno que una casa con columnas de mármol. Quiero una verdadera vida, gritó el deseo en su mente mientras acertaba la punta de la llave en la cerradura del apartamento.
Esa noche cenó sola frente al televisor apagado, sopa instantánea y un guisado de arroz rehidratado de hongos que había sacado de una bolsa, pensó en su futuro y anotó un Plan de Vida Anual en la servilleta.
Aumentar las Ventas
Dejar con Michael
Viajar a Grecia
Comió un poco más de arroz con hongos, y después de vacilar unos minutos, siguió anotando.
Pedir a Janet para hacer el Seminario de Guiones de Ventas Exitosos
Mandar las frazadas a la tintorería
Visitar a la tía Gladys
Después de eso lavó alguna ropa de la semana y pensó en agregar a la lista “comprar un lavarropas”, pero lo olvidó de inmediato.
Sacó del armario del dormitorio los impresos del “Seminario de Conversaciones Eficaces” que tenía guardados en una carpeta dentro de una bolsa, y se quedó repasando el capítulo de Estrategias para Captar la Atención del Cliente, Despertar su Interés y Movilizarlo a la Acción. Tomó notas en el bloc de tapas azules que había comprado hacía seis meses para anotar recetas de cocina, donde figuraba un solitario chop suey de pollo y verduras, y a continuación copió algunas ideas para “generar sintonía y manejar posibles obstáculos que limiten o impidan lograr la concreción del negocio”.
Se durmió pensando en que aumentaría las ventas, tal como había aprendido, y a la mañana siguiente despertó extenuada después de una noche entera de soñar que trabajaba y trabajaba.
Mientras se duchaba recordó que Michael no la había llamado desde el martes, se preguntó si dejar la relación con ella no sería también parte de la lista de tareas que su novio se había propuesto cumplir antes de fin de año. Pero justo al salir para el trabajo sonó el teléfono y era él, proponiéndole ver un película de carreras de autos esa misma noche, con pizzas y cerveza. Ella dudó, recordó haber aprendido en un training para telemarketers que se puede ser más persuasivo y convincente en el manejo de dudas y objeciones si la conversación se desarrolla en terreno propio o neutral. Pero tampoco tenía ganas de que él viniera a su casa y pusiera las botas sobre su sofá rosado, y aceptó.
Llegó al trabajo media hora antes que los demás, imprimió una lista de teléfonos para sí misma y otra con consignas precisas para sus empleados, que les fue entregando a medida que llegaban. A las nueve todos estaban listos y empezaron a trabajar. Ella misma hizo unas cincuenta llamadas antes de las cuatro de la tarde. Aunque el trabajo de campo no estaba especialmente previsto entre sus competencias laborales como Jefa de Telemarketing, era bien visto por la gerencia que lo asumiera, sin descuidar el propio. En la práctica, esa combinación de tareas insumía mucho más de las ocho horas de trabajo remunerado y aquella empresa desconocía el concepto de horas extras, pero a ella le pareció una buena inversión quedarse hasta la noche.
Cerró la planilla del día, satisfecha. Se habían vendido once parcelas, seis justo antes del mediodía, lo que demostraba que se es más proclive a pensar en la muerte con el estómago vacío. El problema era que Cristian había vendido cuatro, mientras que ella había vendido sólo tres. Seguro que Janet aplaudiría el aumento de las ventas, pero le pasaría la factura por la mejor performance del nuevo empleado.
Apagó la computadora, se puso el saco y salió a la calle con el ceño fruncido, aunque al respirar el aire de la noche sintió que estaba en el camino de la verdadera vida.
Ahora debía concentrarse en Michael, pensar en las palabras que usaría para explicarle que él no entraba en sus planes del año entrante. Mientras caminaba pensó que en toda su vida no había habido más de tres o cuatro hombres que demostraran interés en ella. ¿Y si Michael era el último? ¿Y si después de Michael ningún hombre volvía a llamarla, a invitarla a comer pizza, a poner las botas sobre su sofá rosado? Se tranquilizó pensando que todo era una cuestión de actitud, que ella no era tan fea sino que no había sabido mantener una actitud positiva a lo largo de sus treinta años. Si pensaba en su propio éxito sería exitosa, Schwartz y Berlinger.
Una hora más tarde, mientras los autos de carrera se perseguían y se alcanzaba y cambiaban sus neumáticos y se salían de la pista y se incendiaban, ella pensó en las prioridades del día siguiente, armó la jornada, repartió el trabajo, desarrolló un Guión Tipo Adecuado al Producto, decidió hablar con Janet por aquello del seminario. Al terminar la película se sirvió otro vaso de cerveza, y aunque era el cuarto creyó que podría necesitarlo. Michael había pedido la pizza favorita de ella, y esos detalles solían conmoverla, la hacían dudar de sus intenciones, confundían su firmeza. Dudó. ¿Habría vida después de Michael?
Después de hacer el amor ya no le fue posible hacer planteo alguno, y se durmió. Despertó en medio de la noche atrapada en una telaraña de dudas, con la única certeza de haber soñado con su verdadera vida, pero aunque se esforzó por atrapar algún recuerdo, sólo le quedó la memoria vaga de una caminata por Atenas. ¿Las calles de Atenas tendrían plátanos? ¿O cipreses? En su sueño sólo eran árboles.
Esa misma mañana volvió a su casa a buscar ropa limpia, y encontró un anuncio que le habían pasado debajo de la puerta.
“Jesús Salva.
Encuentre la Verdadera Vida.
Esta tarde y todas las tardes sea testigo presencial de los milagros de Jesús”.
El papel, un simple volante de diez centímetros por diez, brillaba en la oscuridad del corredor con una luz azulada. Sara pensó que estaba presenciando un milagro y la recorrió un escalofrío, una agradable sensación de que Dios la estaba llamando. Puso el volante publicitario a la altura de los ojos, inclinó la cabeza y pensó en alguna oración, aunque sólo recordó trozos de una y otra. Después tuvo que apurarse para llegar a tiempo al trabajo.
Llegó tarde a pesar de los esfuerzos. Uno de los Directores había venido a la Filial Centro −nombre excesivo para un apartamento viejo de tres habitaciones−, y Sara no estaba presente a la hora de iniciar la actividad del Departamento de Telemarketing. Entró cinco minutos pasadas las nueve, Cristian ya había asumido la función de distribuir las tareas del día, y Janet lo había dejado hacer con una sonrisa complaciente frente al Director. Como todo lo que comienza mal, aquel no había sido un gran día. Las ventas volvieron a descender a pesar de que Sara hizo más de setenta llamados.
A las cinco de la tarde se fueron todos, y Sara recordó el volante de Jesús Salva, el llamado que Dios le había hecho esa misma mañana. Se puso el saco y salió a la calle, corrió un taxi y llegó a tiempo para conseguir una silla en un atestado cine céntrico.
Alguien que no lograba ver hablaba muy fuerte, invitaba a los presentes a relatar sus enfermedades, a contar sus milagros. Aleluya, gritaba él, gritaban todos. La gente se iba acomodando en lo sitios disponibles y después de unos minutos Sara pudo ver al pastor, un individuo pequeño pero con voz de trueno. Su vecino de silla se pasó al frente, a una tarima donde había un micrófono para hacer los pedidos a Jesús, pidió trabajo porque hacía seis meses que estaba desocupado. Antes había pasado una mujer que quería curarse de un tumor en la rodilla, y trabajo para su hijo menor, y una casa que no se lloviera. El pastor les gritaba que creyeran en Jesús, que expulsaran los demonios, que aleluya, y llamaba al siguiente. Pasaron diez, veinte más, y en cada oportunidad Sara comenzaba a levantarse de la silla, pero nunca era suficientemente veloz y alguien se le adelantaba. Se dijo que estaba allí por un propósito, que debía vencer la timidez.
Cuando la mujer que pedía lluvia para la soja y cura para sus várices fue despedida con el correspondiente aleluya, Sara saltó de su sitio y casi corrió a la tarima. Subió nerviosa, la respiración jadeante y las manos convulsas, se acercó al micrófono.
− ¿Cómo es su nombre, hermana?
− Sara.
− ¿Qué bendiciones le pide a Jesús, Sara?
− Ventas en mi trabajo y …
− La hermana Sara será bendecida con más ventas en su trabajo, hermanos. Aleluya.
Permaneció frente al micrófono pero el pastor ya no la miraba, decía algo sobre el diezmo que habría de recolectarse en unos momentos. Sara tomó el micrófono con mano temblorosa y lo acercó.
− Y quiero una verdadera vida.
El pastor giró la cabeza hacia ella y la descubrió todavía sobre la tarima, torció el gesto.
− La Verdadera Vida es Jesús, hermana. No hay otra verdadera vida.
Hubo unos segundos de silencio.
− Aleluya.
Alguien de la primera fila le hizo señas para que volviera a su sitio, y mientras bajaba de la tarima se cruzó con un gordo que renqueaba, que era conducido por dos personas.
Puso un billete en un sobre que alguien le entregó, y salió apresurada a la calle. No esperaba que ya fuera de noche.
Al llegar a su casa llamó a Michael y le dijo que tenía algunos planes para el año entrante, él no comprendió de qué le estaba hablando, pero ella sintió que así preparaba el camino para dejarlo. Después lavó ropa y trató de releer algunos apuntes, pero no pudo. Buscó el volante de Jesús Salva que había encontrado esa mañana, lo buscó en su cartera, en la billetera, dentro del porta documentos. Había desaparecido. Tal vez eso fuera una señal, pero no pudo descifrar el sentido del mensaje.
Llamó a la tía Gladys, que la invitó a almorzar el domingo.
El día siguiente transcurrió en una actividad frenética. Se hicieron más ventas que en toda la semana anterior, y ella misma sobrepasó largamente las de Cristian. Janet la felicitó por su esfuerzo, y prometió enviarla al mes siguiente al Seminario de Guiones de Ventas Exitosos. Trabajó hasta las ocho y media de la noche, pero salió del edificio satisfecha, segura de que Jesús, Schwartz y Berlinger la estaban guiando a una verdadera vida.
Antes de dormirse colgó la ropa que había lavado. Una aureola celeste comenzaba a dibujarse en el bolsillo superior de su blusa de trabajo. Metió los dedos y sacó una masa húmeda y luminosa, brillante, el volante de Jesús Salva, un bollo de papel mojado que había desteñido la tela con la pintura fosforescente de la que están hechos los milagros.
domingo 23 de marzo de 2008
El aburrimiento
El Escritor intenta seducirme y yo intento fingir que no me doy cuenta. Por más que lo pienso no se me ocurre una forma de poner fin a este encuentro lleno de palabras como no sea inventando alguna diarrea fulminante, pero me suena indigno recurrir a la escatología para esquivar el aburrimiento de una noche con un hombre equivocado. Pincho una aceituna y un queso, todo en el mismo escarbadientes. Miro a una gorda sentada en la mesa de la izquierda, sorbe vodka con limón de a buchitos y en algo más de cinco minutos se toma el vaso entero. De momento no hay otra salida más que escuchar la charla literaria y autorreferente, y entretenerme comiendo y mirando alrededor. Acabo de conocerlo en un congreso, es muy feo y se viste mal, pero parece simpático, al menos durante la primera media hora. Yo tampoco soy una reina de belleza, en estos dos días nadie me había mirado dos veces hasta que el Escritor se acercó a comentar mi comentario sobre su obra. Mojo el queso con aceituna en una salsa picante, tal vez mexicana, tal vez de frijoles. Un asco. Peor sería si fuera chile. No soy una mujer linda, ni siquiera llamativa, soy. Miro la botella de vino que recién promedia: intentaré ir más rápido aunque es áspero y contiene un exceso de taninos.
El Escritor fuma su cigarrillo y cada tanto me ofrece una pitada que rechazo. ¿Por qué continúa ofreciéndome de fumar sus cigarrillos? Creo que cree que es un gesto de intimidad, algo que propicia la sensualidad, y tal vez lo sería si yo fumara. También insiste en que beba de su copa, pero yo me atrinchero detrás de mi propia bebida. Vuelve al tema del congreso, me cuenta en secreto cómo logró convocar tantos nombres importantes, confiesa ser amigo de este y de aquel, de los mejores, de los más grandes, todo con su tono de modestia que lo pone a salvo de cualquier sospecha de soberbia.
La gente nos mira, el Escritor es muy famoso aunque no tanto como un jugador de fútbol o un actor de televisión. Pienso que si hubiera salido a cenar con un jugador de fútbol estaría comiendo un cóctel de langostinos en una mesa con mantel en una terraza frente al mar, tal vez me habría puesto un vestido justo y negro, zapatos de tacos altos, me habría pintado los ojos. ¿Por qué estoy acá con el Escritor? Tal vez porque ningún jugador de fútbol me invitó jamás a salir, ni uso zapatos altos ni me pinto los ojos. Tal vez porque no soy atractiva y salgo con hombres que no logran interesarme.
Este es un sótano ambientado como un bodegón, estoy sentada en una silla rústica que me engancha la tela de la pollera, comiendo una picada de queso, aceitunas y papas fritas puestas sobre una mesa sin mantel, escuchando al Escritor que habla de temas literarios que a esta hora y terminado el congreso, ya no me importan. Habla con voz pausada, lento, un discurso sin fisuras que sospecho ha repetido hasta el infinito. La gorda de al lado comienza el segundo vaso de vodka, ríe fuerte. No es fea, más bien sensual y vestida como para parecerlo más. Mira de reojo al Escritor, que está de espaldas y no ve su mirada. Habla y habla. La gente pasa y lo saluda, pasan e intentan entablar una conversación con él, que devuelve todas y cada una de las sonrisas. “Gracias, gracias”, responde, aunque seguro que no escucha qué le dijeron por el escándalo de la cumbia y el merengue, y porque su oído debe estar un poco duro por la edad.
Bebo, quiero ver bajar esta botella, verla terminada, poner punto final a la velada. Llegar al hotel y acostarme, prender la televisión para ver cualquier cosa y dormir hasta que llegue la hora de tomar un avión y volver a mi casa.
Después de un rato el vino no me resulta tan rasposo como me pareció al principio, lo puedo tomar y hasta lo disfruto un poco. Me sirvo más, el Escritor está entretenido en contestar la pregunta de una mujer mayor de labios muy rojos que escucha su respuesta con devoción y que ni siquiera ha notado que yo estoy acá, a cincuenta centímetros de sus labios rojos que se inclinan sobre mis papas fritas y mi queso, porque aceitunas no hay más. Con la habilidad de la experiencia, el Escritor da por terminada la conversación con la mujer, le sonríe por última vez y le dice “hasta más lueguito”, pincha una papa frita solitaria y me mira. A mí también me sonríe, me mira fijo y sospecho que quiere agregar deseo a la sonrisa, pero a mí no me interesa su deseo y sigo fingiendo que no lo advierto, que somos un par de amigos recientes charlando en un boliche de noche.
Distraídamente me acaricia la mejilla con un dedo y yo tomo otro trago de vino tinto, y otro.
¿Qué hago aquí?
− Qué linda sos.
Me pregunto cómo puede ser escritor y tener tan poca imaginación, tan poco arte para mentir. Trato de pensar qué me gustaría escuchar de él.
No lo sé.
− Es que hoy fui al cirujano plástico y me hice la nuca -digo.
El Escritor vacila un momento y luego ríe.
− Me encanta tu sentido del humor.
Cualquier palabra que yo diga le resulta interesante, encantadora, ingeniosa. Me preparo a decir otra genialidad que el Escritor festejará con una carcajada que, si tomo un par de tragos más, tal vez me parezca verdadera. Quizá yo sea realmente ingeniosa, interesante. Linda no. El vino está rico, lo acompaño con un ramillete de papas fritas que pincho y mojo en la salsa de frijoles mexicana, que ahora no creo que sea ni mexicana ni de frijoles, saboreo y le encuentro gusto a berenjena. ¿Crecerán las berenjenas en este país? La gorda se ha servido un par de vasos más, parece eufórica aunque no borracha perdida como estaría yo con todo ese alcohol encima. Habla fuerte, creo que trata de llamar la atención del Escritor, que ni la ve ni la escucha. Ella y sus amigas miran hacia nuestra mesa.
El Escritor dice algo en tono bajo, pone su mano en mi antebrazo y no la retira. Yo mastico papas fritas ensalsadas de berenjenas y decido no hacer cuestión con cederle esa porción de mi cuerpo. Él sigue hablando de lo que estaba hablando, casi susurra, y su mano comienza a acariciarme, primero como si rascara suavemente, luego como una caricia. Otro sorbo de vino, qué rico está. Tal vez sea atractiva, yo. Estiro el brazo, lo acerco a él, se lo regalo. Alguien pasa y lo saluda, pero él apenas desvía la mirada un instante, sonríe levemente y vuelve a mí, a su charla, a la caricia de mi brazo.
El vino se acaba.
− ¿Tomamos otro?
− Sí –me escucho responder.
Lo pienso mejor, dudo, pero ya es tarde, la camarera viene con una botella que
descorcha y sirve.
La mano del Escritor se ha ido deslizando -quién sabe cómo- hasta el hombro, y ahora juguetea con el bretel de mi remera. Me cuenta algo sobre un amigo, también escritor, algo sobre un viaje a Turquía. Qué lindo, Turquía, pienso. El Escritor dice estar seguro que me encantaría pasear por el Gran Bazar y entretanto su dedo pasea por debajo de la tirita imitando el recorrido por el Gran Bazar. ¿Cuándo habrá corrido su silla hasta quedar casi pegado a mí? El bretel cae a un costado y yo no lo levanto. Le pregunto cómo sabe que me gustaría el Gran Bazar si no sabe nada de mí, pero él no se inmuta, continúa hablando como si estuviéramos solos, explorándome como si estuviéramos solos. La chica pasa, sirve más vino y se va, el Escritor me ofrece su copa, la pone frente a mi boca y yo bebo. Ahora ha dejado la palma de su mano en mi espalda desnuda y me habla de otro libro, una gran obra, dice, una historia muy bonita sobre la esposa de un médico que vive en algún sitio rural de Francia y se hace amante del notario de su esposo. Digo no conocerla, le pregunto cómo termina esa historia y él me dice que Emma se suicida con arsénico. Hago como que me pongo triste por Emma y él me consuela, me acaricia la espalda, los hombros. Levanta la tirita caída de mi bretel, pasea su dedo por el Gran Bazar. Yo suspiro y él me da de beber en su copa. Pregunto algo más sobre la esposa del médico rural pero el escritor dice no recordar ese detalle, yo pienso que debe haber leído la solapa o un par de capítulos en la secundaria y me da risa. Me río y el Escritor me pregunta de qué me río.
− De purita diversión, nomás.
Él duda unos segundos, tal vez vacila entre la idea de que las uruguayas estamos locas y la sospecha de que me estoy burlando de algo. Después estira los labios y ríe conmigo, pone su mano sobre mi muslo derecho, y como justa compensación por su duda, la deja allí.
Por un momento se acaban las palabras y las risas, las papas fritas se acabaron hace rato, no queda nada qué hacer. No me gusta que me besen en sitios concurridos pero su boca ya está sobre la mía y yo lo beso mirando a la gorda, que nos mira y grita desaforada y se mueve en su silla al ritmo de un merengue. Me siento atractiva, deseable, trato de disfrutar del beso y de la caricia del muslo, cierro los ojos. Lo logro por unos instantes hasta que empieza a sonar su teléfono, “We are the champions” suena muy suavemente, luego más fuerte, después con estrépito imposible de ignorar. Desarmamos el nudo en que nos habíamos convertido, él busca y rebusca en sus bolsillos, yo me acomodo el bretel y el pelo.
− Aló. Sí, acabo de salir del congreso. Salimos a picar unas tapas con la gente de Uruguay. No, no me tardo mucho.
Cierra el teléfono y mira el plato donde hubo papas fritas, desliza la mirada sobre la copa como sin verla, la toma y bebe unos tragos hasta terminarla.
− Voy a tener que marcharme, surgieron unos imprevistos.
Tampoco a mí me mira, desliza su mirada sobre mi cabeza, ve a la gorda. Se hace un silencio que yo no estoy interesada en romper sino en medir, quiero saber cuánto aguanta sin hablar. Se sirve lo poco que quedaba en el fondo de la botella, unas gotas que caen despacio dentro de la copa de vidrio barato que ya no me ofrece.
Alguien pasa y lo llama por su nombre, él vuelve a la vida, sonríe, palmea el hombro del que se inclina a saludarlo. La persona sigue de largo y él queda con la sonrisa incrustada en la cara, tensando sus labios de indígena hacia la gorda, que desde la mesa de la botella de vodka le manda besos con la boca en “o”.
− Te acompaño a tomar un taxi, aquí en la puerta se consiguen sin problema.
− Me dijeron que es peligroso tomar taxis en la calle −digo, aunque tengo ganas de llegar al hotel ya mismo y ni pizca de miedo.
− ¿Tú qué crees? ¿Que esto es Guatemala? Acá es bien seguro.
En la puerta el Escritor quiere darme una tarjeta con su mail, busca pero no encuentra ninguna. Yo sé que las olvidé en Montevideo. El taxi espera con la puerta abierta.
− Un gusto conocerte −dice mirando de reojo su auto, estacionado enfrente.
Él me abre la puerta, entro en el taxi, las ventanillas están abiertas. Lo veo caminar, pasar delante del coche.
− Sos un plomazo −le grito asomando la cabeza.
Él se vuelve, me mira, sonríe interrogante, un poco desconfiado, soy consciente de que no conoce la palabra.
− Fue un aburrimiento, esta salida −le aclaro.
Está parado en medio de la calle, me mira, en su boca se dibuja una pregunta que no llego a oir.
− El vino era horrible. Y claro que leí Madame Bovary, idiota.
El taxista me mira, entiende, con toda seriedad espera a que termine de gritar para preguntarme a qué hotel voy.
El Escritor fuma su cigarrillo y cada tanto me ofrece una pitada que rechazo. ¿Por qué continúa ofreciéndome de fumar sus cigarrillos? Creo que cree que es un gesto de intimidad, algo que propicia la sensualidad, y tal vez lo sería si yo fumara. También insiste en que beba de su copa, pero yo me atrinchero detrás de mi propia bebida. Vuelve al tema del congreso, me cuenta en secreto cómo logró convocar tantos nombres importantes, confiesa ser amigo de este y de aquel, de los mejores, de los más grandes, todo con su tono de modestia que lo pone a salvo de cualquier sospecha de soberbia.
La gente nos mira, el Escritor es muy famoso aunque no tanto como un jugador de fútbol o un actor de televisión. Pienso que si hubiera salido a cenar con un jugador de fútbol estaría comiendo un cóctel de langostinos en una mesa con mantel en una terraza frente al mar, tal vez me habría puesto un vestido justo y negro, zapatos de tacos altos, me habría pintado los ojos. ¿Por qué estoy acá con el Escritor? Tal vez porque ningún jugador de fútbol me invitó jamás a salir, ni uso zapatos altos ni me pinto los ojos. Tal vez porque no soy atractiva y salgo con hombres que no logran interesarme.
Este es un sótano ambientado como un bodegón, estoy sentada en una silla rústica que me engancha la tela de la pollera, comiendo una picada de queso, aceitunas y papas fritas puestas sobre una mesa sin mantel, escuchando al Escritor que habla de temas literarios que a esta hora y terminado el congreso, ya no me importan. Habla con voz pausada, lento, un discurso sin fisuras que sospecho ha repetido hasta el infinito. La gorda de al lado comienza el segundo vaso de vodka, ríe fuerte. No es fea, más bien sensual y vestida como para parecerlo más. Mira de reojo al Escritor, que está de espaldas y no ve su mirada. Habla y habla. La gente pasa y lo saluda, pasan e intentan entablar una conversación con él, que devuelve todas y cada una de las sonrisas. “Gracias, gracias”, responde, aunque seguro que no escucha qué le dijeron por el escándalo de la cumbia y el merengue, y porque su oído debe estar un poco duro por la edad.
Bebo, quiero ver bajar esta botella, verla terminada, poner punto final a la velada. Llegar al hotel y acostarme, prender la televisión para ver cualquier cosa y dormir hasta que llegue la hora de tomar un avión y volver a mi casa.
Después de un rato el vino no me resulta tan rasposo como me pareció al principio, lo puedo tomar y hasta lo disfruto un poco. Me sirvo más, el Escritor está entretenido en contestar la pregunta de una mujer mayor de labios muy rojos que escucha su respuesta con devoción y que ni siquiera ha notado que yo estoy acá, a cincuenta centímetros de sus labios rojos que se inclinan sobre mis papas fritas y mi queso, porque aceitunas no hay más. Con la habilidad de la experiencia, el Escritor da por terminada la conversación con la mujer, le sonríe por última vez y le dice “hasta más lueguito”, pincha una papa frita solitaria y me mira. A mí también me sonríe, me mira fijo y sospecho que quiere agregar deseo a la sonrisa, pero a mí no me interesa su deseo y sigo fingiendo que no lo advierto, que somos un par de amigos recientes charlando en un boliche de noche.
Distraídamente me acaricia la mejilla con un dedo y yo tomo otro trago de vino tinto, y otro.
¿Qué hago aquí?
− Qué linda sos.
Me pregunto cómo puede ser escritor y tener tan poca imaginación, tan poco arte para mentir. Trato de pensar qué me gustaría escuchar de él.
No lo sé.
− Es que hoy fui al cirujano plástico y me hice la nuca -digo.
El Escritor vacila un momento y luego ríe.
− Me encanta tu sentido del humor.
Cualquier palabra que yo diga le resulta interesante, encantadora, ingeniosa. Me preparo a decir otra genialidad que el Escritor festejará con una carcajada que, si tomo un par de tragos más, tal vez me parezca verdadera. Quizá yo sea realmente ingeniosa, interesante. Linda no. El vino está rico, lo acompaño con un ramillete de papas fritas que pincho y mojo en la salsa de frijoles mexicana, que ahora no creo que sea ni mexicana ni de frijoles, saboreo y le encuentro gusto a berenjena. ¿Crecerán las berenjenas en este país? La gorda se ha servido un par de vasos más, parece eufórica aunque no borracha perdida como estaría yo con todo ese alcohol encima. Habla fuerte, creo que trata de llamar la atención del Escritor, que ni la ve ni la escucha. Ella y sus amigas miran hacia nuestra mesa.
El Escritor dice algo en tono bajo, pone su mano en mi antebrazo y no la retira. Yo mastico papas fritas ensalsadas de berenjenas y decido no hacer cuestión con cederle esa porción de mi cuerpo. Él sigue hablando de lo que estaba hablando, casi susurra, y su mano comienza a acariciarme, primero como si rascara suavemente, luego como una caricia. Otro sorbo de vino, qué rico está. Tal vez sea atractiva, yo. Estiro el brazo, lo acerco a él, se lo regalo. Alguien pasa y lo saluda, pero él apenas desvía la mirada un instante, sonríe levemente y vuelve a mí, a su charla, a la caricia de mi brazo.
El vino se acaba.
− ¿Tomamos otro?
− Sí –me escucho responder.
Lo pienso mejor, dudo, pero ya es tarde, la camarera viene con una botella que
descorcha y sirve.
La mano del Escritor se ha ido deslizando -quién sabe cómo- hasta el hombro, y ahora juguetea con el bretel de mi remera. Me cuenta algo sobre un amigo, también escritor, algo sobre un viaje a Turquía. Qué lindo, Turquía, pienso. El Escritor dice estar seguro que me encantaría pasear por el Gran Bazar y entretanto su dedo pasea por debajo de la tirita imitando el recorrido por el Gran Bazar. ¿Cuándo habrá corrido su silla hasta quedar casi pegado a mí? El bretel cae a un costado y yo no lo levanto. Le pregunto cómo sabe que me gustaría el Gran Bazar si no sabe nada de mí, pero él no se inmuta, continúa hablando como si estuviéramos solos, explorándome como si estuviéramos solos. La chica pasa, sirve más vino y se va, el Escritor me ofrece su copa, la pone frente a mi boca y yo bebo. Ahora ha dejado la palma de su mano en mi espalda desnuda y me habla de otro libro, una gran obra, dice, una historia muy bonita sobre la esposa de un médico que vive en algún sitio rural de Francia y se hace amante del notario de su esposo. Digo no conocerla, le pregunto cómo termina esa historia y él me dice que Emma se suicida con arsénico. Hago como que me pongo triste por Emma y él me consuela, me acaricia la espalda, los hombros. Levanta la tirita caída de mi bretel, pasea su dedo por el Gran Bazar. Yo suspiro y él me da de beber en su copa. Pregunto algo más sobre la esposa del médico rural pero el escritor dice no recordar ese detalle, yo pienso que debe haber leído la solapa o un par de capítulos en la secundaria y me da risa. Me río y el Escritor me pregunta de qué me río.
− De purita diversión, nomás.
Él duda unos segundos, tal vez vacila entre la idea de que las uruguayas estamos locas y la sospecha de que me estoy burlando de algo. Después estira los labios y ríe conmigo, pone su mano sobre mi muslo derecho, y como justa compensación por su duda, la deja allí.
Por un momento se acaban las palabras y las risas, las papas fritas se acabaron hace rato, no queda nada qué hacer. No me gusta que me besen en sitios concurridos pero su boca ya está sobre la mía y yo lo beso mirando a la gorda, que nos mira y grita desaforada y se mueve en su silla al ritmo de un merengue. Me siento atractiva, deseable, trato de disfrutar del beso y de la caricia del muslo, cierro los ojos. Lo logro por unos instantes hasta que empieza a sonar su teléfono, “We are the champions” suena muy suavemente, luego más fuerte, después con estrépito imposible de ignorar. Desarmamos el nudo en que nos habíamos convertido, él busca y rebusca en sus bolsillos, yo me acomodo el bretel y el pelo.
− Aló. Sí, acabo de salir del congreso. Salimos a picar unas tapas con la gente de Uruguay. No, no me tardo mucho.
Cierra el teléfono y mira el plato donde hubo papas fritas, desliza la mirada sobre la copa como sin verla, la toma y bebe unos tragos hasta terminarla.
− Voy a tener que marcharme, surgieron unos imprevistos.
Tampoco a mí me mira, desliza su mirada sobre mi cabeza, ve a la gorda. Se hace un silencio que yo no estoy interesada en romper sino en medir, quiero saber cuánto aguanta sin hablar. Se sirve lo poco que quedaba en el fondo de la botella, unas gotas que caen despacio dentro de la copa de vidrio barato que ya no me ofrece.
Alguien pasa y lo llama por su nombre, él vuelve a la vida, sonríe, palmea el hombro del que se inclina a saludarlo. La persona sigue de largo y él queda con la sonrisa incrustada en la cara, tensando sus labios de indígena hacia la gorda, que desde la mesa de la botella de vodka le manda besos con la boca en “o”.
− Te acompaño a tomar un taxi, aquí en la puerta se consiguen sin problema.
− Me dijeron que es peligroso tomar taxis en la calle −digo, aunque tengo ganas de llegar al hotel ya mismo y ni pizca de miedo.
− ¿Tú qué crees? ¿Que esto es Guatemala? Acá es bien seguro.
En la puerta el Escritor quiere darme una tarjeta con su mail, busca pero no encuentra ninguna. Yo sé que las olvidé en Montevideo. El taxi espera con la puerta abierta.
− Un gusto conocerte −dice mirando de reojo su auto, estacionado enfrente.
Él me abre la puerta, entro en el taxi, las ventanillas están abiertas. Lo veo caminar, pasar delante del coche.
− Sos un plomazo −le grito asomando la cabeza.
Él se vuelve, me mira, sonríe interrogante, un poco desconfiado, soy consciente de que no conoce la palabra.
− Fue un aburrimiento, esta salida −le aclaro.
Está parado en medio de la calle, me mira, en su boca se dibuja una pregunta que no llego a oir.
− El vino era horrible. Y claro que leí Madame Bovary, idiota.
El taxista me mira, entiende, con toda seriedad espera a que termine de gritar para preguntarme a qué hotel voy.
sábado 22 de marzo de 2008
Nada como el amor (para hacerte llorar)
La crisis nerviosa fue sutil. Clavó un alfiler en la foto, primero en la corbata de Daniel, después en los ojos, una y otra vez. Después arrugó la foto, la hizo un bollo, la tiró sobre el techo de un mueble. Fue a la heladera y buscó algo de comer pero sólo logró que el arroz frío la hiciera llorar. Quiso abrir una lata de atún pero el abrelatas no funcionó. Nada funcionaba en su vida. Nada.
El sonido del teléfono la hizo correr, atropellar una silla, pisar la cola del gato.
− Hola.
− Buenas tardes, llamamos de la empresa “Tiempos eternos” para
comunicarle –la mujer hizo un silencio que significaba que ella debía estar expectante-, que fue sorteada para beneficiarse con un descuento del veinte por ciento en la compra de una parcela. Le hablo de una parcela en un cementerio parquizado, un concepto diferente para planificar la última morada…
− ¿Un cementerio? ¿usted me habla de comprar una tumba?
La mujer del otro lado suspiró levemente, como si ya hubiera dado la
explicación necesaria.
− Es un nuevo concepto…
No quiso escuchar más. Colgó.
A veces pensaba cómo sería el Hombre Perfecto, jugaba a imaginarlo. Sería más joven que Daniel, más delgado, deportista. Tendría todo el pelo y una panza chata con músculos dibujados como un tablero de ajedrez. Buen carácter. No sería depresivo ni malhumorado. Tal vez un poco bronceado. Tendría perros en su casa y una ex esposa en algún lugar de Asia.
Otra vez el teléfono. Soltó la cartera que tenía en la mano y el contenido se desparramó por la alfombra. Esta vez esquivó al gato en su carrera.
− Hola.
− Se cortó la comunicación.
− ¿Quién habla?
− “Tiempos eternos”, el nuevo cementerio parqui…
− No quiero una tumba. No me moleste más.
Volvió a colgar.
Intentó decidir entre salir a comprar pañuelos con dibujos de mariposas o seguir usando el papel higiénico para secar los fluidos de sus ojos y nariz. Mentalmente decidió que sufrir con mariposas sería más digno y se puso el tapado para ir al supermercado. Era domingo y en el ascensor no se encontró con nadie, ni en el hall, ni en la puerta del edificio, apenas se veía gente en la calle. Pensó que más tarde llamaría a su madre para interesarse en su intestino. Compró mucha comida, desinfectante para el inodoro y una oferta de diez paquetes de pañuelos desechables con dibujos de ositos celestes. No había mariposas, esta vez no podría sufrir con mariposas revoloteando en torno a su nariz. A la vuelta del supermercado decidió tomar el camino más largo, unos doscientos metros. Sintió que estaba haciendo lo mejor para controlar la depresión. Debía caminar mucho, hacer ejercicios suaves, comer sano, beber de dos a tres litros de agua por día, le había dicho su psicóloga cuando empezó a visitarla después de que Daniel la dejara. Ella había quedado esperando una solución más drástica, algo como un mantra que repetido cien veces hiciera olvidar a la persona que nos había herido. Pero la psicóloga había sido clara:
− Antidepresivos o terapia de actividades: ejercicio físico, comida
sana, tareas domésticas, salidas frecuentes. Si no quiere tomar antidepresivos, debe producir más endorfinas por sí misma para mejorar el ánimo.
Ella no quería tomar antidepresivos ni producir endorfinas, quería acostarse a dormir y no despertarse jamás. O vaciarse de recuerdos, y olvidar las manos de él para siempre.
Llegó a la puerta del edificio y se sintió acalorada, no había sido buena decisión ponerse un tapado tan grueso en setiembre. Nadie en el hall, nadie en el ascensor. La puerta de su vecina estaba abierta, y miró hacia adentro con la esperanza de ver escenas de libertinaje, pero sólo llegó a ver una pierna y unos dedos rascando la piel. Intentó ver si la pierna y los dedos pertenecían al mismo cuerpo, pero alguien tosió y ella se apartó de la rendija. Entró a su casa y vio el tintineo de la luz de aviso del contestador. Ni siquiera dejó las bolsas en el suelo, se precipitó sobre el botón.
“Hola, soy yo –decía la voz de su madre-, otra vez estoy mal del intestino. Llamame”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
“Le habla Susana, la profesora de dorado a la hoja. Es para avisarle que mañana no tendremos clase porque estoy indispuesta”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
Y nada más. Una nube pasó y se detuvo en sus ojos, y ella aprovechó para sacar los pañuelos. Los ositos celestes parecían mejores que las mariposas para el llanto, ahora que lo pensaba. Recordó la última noche que habían pasado juntos en Colonia, la despedida en el puerto. Usó tres o cuatro pañuelos y los dejó sobre la mesa, donde ya había muchas mariposas arrugadas.
Daniel vivía en una ciudad en el este de América del Norte, un sitio infinitamente lejano. Ella era profesora de Español y lo había conocido en el foro virtual de un periódico. “Narrativa, Dramaturgia y Poesía”, igual que “Recetas Dulces y Saladas” y “Qué aprendí este año”, eran espacios donde la gente sola y sin sexo va a conocer más gente sola y sin sexo. Él hablaba un idioma de los setenta, de la época en que había emigrado, y a ella le gustaban aquellas palabras que ya nadie usaba. Era como volver a otro tiempo, al tiempo en que ella tenía quince años y la gente decía esas palabras sin sentirse rara. “Qué plato”, decía él cuando algo le causaba risa, y ella reía.
Todos los días se mandaban mails, hablaban por teléfono y se enviaban mensajes de celular, en un despliegue de alta tecnología puesta al servicio del amor. En dos años de relación habían estado tres o cuatro noches juntos, y ella había empezado a olvidar su cara. Alguna vez había sentido que su destino era despertar cerca de esa cara, que no había nada que quisiera en la vida más que eso. Pero ahora sabía que en algún momento tendría que juntar coraje y tirar a la basura esas estúpidas sandalias de tiritas y taco empinado que había comprado para estrenar cuando lo viera. Las razones que él había dado para terminar su relación habían ido variando con el tiempo, que estaba deprimido porque no estaba haciendo música, que no tenía tiempo porque ahora sí estaba haciendo música, que tenía que viajar para hacer más música. Y cada vez y ante cada excusa, ella había esperado que llegara su turno. Había pasado dos años haciendo cola en la vida de Daniel.
Empezó a preparar la cena, un poco de pescado y unas papas con tomate. En estos meses su cuerpo se había ido consumiendo hasta quedar en huesos y piel. No era que no comiese, pero masticaba la comida demasiado tiempo y a veces se olvidaba de tragarla. Agregó crema y manteca al pescado con la ilusión de quien agrega calorías al cuerpo de un hijo desnutrido. El olor era bueno pero ella nunca tenía hambre.
El teléfono cortó el silencio, lo trituró.
− Hola.
− ¿No escuchaste mi mensaje?
− Ahora iba a llamarte, acabo de llegar, mamá.
− Creo que me tengo que internar en el hospital. Seguro que me van a operar.
− ¿De qué?
− De los intestinos. ¿De qué va a ser? Estoy expulsando un liquido amarillo.
Cerró los ojos y trató de no pensar en intestinos y líquidos amarillos justo antes de
la cena. Hizo el intento de terminar aquella conversación y lo logró, no sin ofender a su madre, pero ya se le ocurriría alguna excusa para aplacar su consciencia.
Se sentó a comer el pescado y las papas, sin hambre. Pensaba en intestinos y líquido amarillo. Se obligó a tragar, tan lejos del placer de la comida como está la Tierra de Urano. Masticaba y tragaba. Cuando terminó pensó en él, y la noche amenazó alargarse en una espiral inmensa. En ese preciso momento él estaría terminando su día en un país de África, una isla, un sitio ignoto donde estaba grabando algo desde hacía un par de semanas y de donde jamás la había llamado.
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez no corrió ni se sobresaltó, estaba tratando de acostumbrarse a que nunca era Daniel.
− Hola
− Necesito verla en media hora, en el bar Delondon. ¿Lo conoce?
− Sí, pero dígame de qué se trata. ¿Quién es usted?
Antes de terminar la frase escuchó el golpeteo rítmico de una llamada cortada
y quedó mirando el aparato. Número equivocado o algún loco haciendo bromas, por supuesto que no iría a ningún bar a encontrarse con un confundido o con un enfermo mental.
Daniel la había dejado por culpa de las palabras, pensaba a menudo, palabras no dichas o dichas a destiempo, palabras mal interpretadas, mal ubicadas en la frase, y ella se sentía inmensamente culpable por no haber sido capaz de manejar las palabras, de organizarlas. Justamente ella. Él la había acusado de agredirlo con sus palabras, y aunque ella lo intentaba todos los días, no era capaz de recordar ni la razón ni el tema de la discusión que había originado su ruptura. En sus dos años de relación había habido momentos similares, palabras que ella pronunciaba y que provocaban en él largos silencios o situaciones del tipo “no nos hablamos”. Ahora atravesaba la sensación de que estaba sola en el planeta por culpa de sus propias palabras, y la quietud del domingo no mejoraba las cosas. Tiró la mitad de la comida, lavó el plato lentamente, fregó la olla hasta dejarla reluciente como parte de su terapia de actividades cotidianas para no pensar en él.
Se sentó a revisar su correo electrónico donde nunca estaba el nombre que buscaba. Ofertas de vitaminas, un par de mails de amigos, “alargue su pene hasta dos pulgadas”, más ofertas de vitaminas, viagra, casino, inversiones. Pensó que ella era una de esas mujeres criadas con cuentos que terminaban diciendo “y vivieron felices toda la vida”, y tal vez por eso no podía conformarse con el hecho de que el amor de ellos tuviera fecha de caducidad como una caja de ravioles. Nada como el amor.
Entró en el foro de “Recetas de cocina para el otoño que se viene” aunque en su hemisferio se venía la primavera. Copió una tarta de duraznos en almíbar aunque odiaba los duraznos en almíbar y un pollo relleno que jamás sería capaz de hacer. Miró la hora. Todavía era temprano para tomar la pastilla e ir a la cama, todavía no era tiempo de sumergirse en la nada.
El recuerdo de Daniel ocupaba todos los momentos del día, si trabajaba o si caminaba por la calle, si hablaba con alguien o limpiaba el baño, su recuerdo se superponía a lo que estuviera haciendo. Había estado siguiendo las estrategias para no pensar en él que le sugiriera su psicóloga, trataba de leer, cocinaba, sus ollas estaban relucientes de tan fregadas, pero a menudo le sucedía que se encontraba mirando páginas de un libro sin verlas, o tiraba comida que ni sabía cuándo había preparado.
Recordó la llamada que acababa de recibir, seguro que no era para ella. ¿Y si era? Podía ser un enamorado anónimo, pero la voz no le había sonado como la de un enamorado, más bien como un prestamista que cita a su deudor para acorralarlo. Pero ella no tenía deudas con nadie. ¿Alguien que quería hacer un negocio? Pero, ¿qué negocio se puede hacer con una profesora de Español? Se preguntó qué pasaría si fuera al bar Delondon. Nada, porque nadie la reconocería ni se acercaría a hablarle. Podía elegir entre llevarse a la cama pañuelos con ositos o tomarse un taxi e ir al bar Delondon.
Se puso el tapado y salió a la calle. El abrigo ya no le pesaba, la defendía del viento, la separaba de la noche. Se subió al taxi y dio la dirección del bar. Vio los ojos del taxista en el espejo retrovisor, vio interés y aburrimiento, en ese orden. Desvió la mirada hacia el exterior, a los plátanos que empezaban a tener hojas.
El bar estaba lleno de homosexuales y marineros, como era de esperar por su ubicación, pero a ella no le importó y se sentó en una mesa apartada. Le gustó ese ambiente que no quería ser acogedor. “No soy tu casa”, gritaban las sillas de respaldo incómodo. “No soy tu casa”, advertía la luz inclemente en los ojos. Ella quería estar en un sitio que no era su casa. Pidió una cerveza, no porque le gustara sino porque le pareció que era lo único que no desentonaba en ese sitio. Aquella era su primera salida desde que Daniel la dejó diciendo que “la quería mucho pero en ese momento no era capaz de tener una relación”. Tomó la cerveza y tras el segundo vaso se preguntó si él no sería uno de esos hombres que nacen con el nombre de su ex esposa tatuado en el pecho. No importaba, aún en caso de que en su pecho hubiera cien nombres de mujer, ya ninguno sería el suyo. Sacó algunos ositos celestes de la cartera, por las dudas.
Alguien se acercó, mirándola. No parecía gay ni era coreano.
− ¿Me puedo sentar?
− Claro. Me debe una explicación.
Él sonrió y la miró, dejó el sobretodo en una silla y pidió café. Parecía simpático,
muy locuaz. Era más delgado que Daniel, tenía más pelo. Más joven. Habló un poco de su trabajo, de unas vacaciones que había pasado en Brasil, media hora más tarde le dijo que era linda. A ella le gustó que se lo dijera porque últimamente se sentía gris como una toalla usada. Como una toalla abandonada en el piso de un gimnasio.
− ¿Y cuál es el tema?
− ¿Qué tema?
− Usted me citó para hablar de algo. Hace un rato, por teléfono.
− No, yo no la cité. ¿Tomamos cerveza?
− Alguien llamó a mi casa, estoy aquí porque…
− ¿Alguien la citó a un bar de marineros?
El tipo rió y dijo un par de cosas desagradables, sonrió mostrando unos dientes
afilados.
− Váyase.
Él se fue sin chistar, sin pagar su propio café, ella salió apurada como si hubiera recordado una tarea pendiente.
Lo que sucedió después de esa noche, de tan repetido es vulgar. Dejó de fregar ollas, de caminar y de hacer cursos, dejó que los antidepresivos lo hicieran por ella.
Con el paso del tiempo y la ausencia Daniel fue transformándose en un rostro de sombras, pero todavía tuvo que pasar mucho antes que se decidiera a tirar las sandalias y más aún antes que dejara de comprar los pañuelos con ositos que usaba muy tarde por las noches, pero el olvido por fin llegó y él desapareció de su vida.
El sonido del teléfono la hizo correr, atropellar una silla, pisar la cola del gato.
− Hola.
− Buenas tardes, llamamos de la empresa “Tiempos eternos” para
comunicarle –la mujer hizo un silencio que significaba que ella debía estar expectante-, que fue sorteada para beneficiarse con un descuento del veinte por ciento en la compra de una parcela. Le hablo de una parcela en un cementerio parquizado, un concepto diferente para planificar la última morada…
− ¿Un cementerio? ¿usted me habla de comprar una tumba?
La mujer del otro lado suspiró levemente, como si ya hubiera dado la
explicación necesaria.
− Es un nuevo concepto…
No quiso escuchar más. Colgó.
A veces pensaba cómo sería el Hombre Perfecto, jugaba a imaginarlo. Sería más joven que Daniel, más delgado, deportista. Tendría todo el pelo y una panza chata con músculos dibujados como un tablero de ajedrez. Buen carácter. No sería depresivo ni malhumorado. Tal vez un poco bronceado. Tendría perros en su casa y una ex esposa en algún lugar de Asia.
Otra vez el teléfono. Soltó la cartera que tenía en la mano y el contenido se desparramó por la alfombra. Esta vez esquivó al gato en su carrera.
− Hola.
− Se cortó la comunicación.
− ¿Quién habla?
− “Tiempos eternos”, el nuevo cementerio parqui…
− No quiero una tumba. No me moleste más.
Volvió a colgar.
Intentó decidir entre salir a comprar pañuelos con dibujos de mariposas o seguir usando el papel higiénico para secar los fluidos de sus ojos y nariz. Mentalmente decidió que sufrir con mariposas sería más digno y se puso el tapado para ir al supermercado. Era domingo y en el ascensor no se encontró con nadie, ni en el hall, ni en la puerta del edificio, apenas se veía gente en la calle. Pensó que más tarde llamaría a su madre para interesarse en su intestino. Compró mucha comida, desinfectante para el inodoro y una oferta de diez paquetes de pañuelos desechables con dibujos de ositos celestes. No había mariposas, esta vez no podría sufrir con mariposas revoloteando en torno a su nariz. A la vuelta del supermercado decidió tomar el camino más largo, unos doscientos metros. Sintió que estaba haciendo lo mejor para controlar la depresión. Debía caminar mucho, hacer ejercicios suaves, comer sano, beber de dos a tres litros de agua por día, le había dicho su psicóloga cuando empezó a visitarla después de que Daniel la dejara. Ella había quedado esperando una solución más drástica, algo como un mantra que repetido cien veces hiciera olvidar a la persona que nos había herido. Pero la psicóloga había sido clara:
− Antidepresivos o terapia de actividades: ejercicio físico, comida
sana, tareas domésticas, salidas frecuentes. Si no quiere tomar antidepresivos, debe producir más endorfinas por sí misma para mejorar el ánimo.
Ella no quería tomar antidepresivos ni producir endorfinas, quería acostarse a dormir y no despertarse jamás. O vaciarse de recuerdos, y olvidar las manos de él para siempre.
Llegó a la puerta del edificio y se sintió acalorada, no había sido buena decisión ponerse un tapado tan grueso en setiembre. Nadie en el hall, nadie en el ascensor. La puerta de su vecina estaba abierta, y miró hacia adentro con la esperanza de ver escenas de libertinaje, pero sólo llegó a ver una pierna y unos dedos rascando la piel. Intentó ver si la pierna y los dedos pertenecían al mismo cuerpo, pero alguien tosió y ella se apartó de la rendija. Entró a su casa y vio el tintineo de la luz de aviso del contestador. Ni siquiera dejó las bolsas en el suelo, se precipitó sobre el botón.
“Hola, soy yo –decía la voz de su madre-, otra vez estoy mal del intestino. Llamame”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
“Le habla Susana, la profesora de dorado a la hoja. Es para avisarle que mañana no tendremos clase porque estoy indispuesta”.
Piiiiiiiiiiiiiiip.
Y nada más. Una nube pasó y se detuvo en sus ojos, y ella aprovechó para sacar los pañuelos. Los ositos celestes parecían mejores que las mariposas para el llanto, ahora que lo pensaba. Recordó la última noche que habían pasado juntos en Colonia, la despedida en el puerto. Usó tres o cuatro pañuelos y los dejó sobre la mesa, donde ya había muchas mariposas arrugadas.
Daniel vivía en una ciudad en el este de América del Norte, un sitio infinitamente lejano. Ella era profesora de Español y lo había conocido en el foro virtual de un periódico. “Narrativa, Dramaturgia y Poesía”, igual que “Recetas Dulces y Saladas” y “Qué aprendí este año”, eran espacios donde la gente sola y sin sexo va a conocer más gente sola y sin sexo. Él hablaba un idioma de los setenta, de la época en que había emigrado, y a ella le gustaban aquellas palabras que ya nadie usaba. Era como volver a otro tiempo, al tiempo en que ella tenía quince años y la gente decía esas palabras sin sentirse rara. “Qué plato”, decía él cuando algo le causaba risa, y ella reía.
Todos los días se mandaban mails, hablaban por teléfono y se enviaban mensajes de celular, en un despliegue de alta tecnología puesta al servicio del amor. En dos años de relación habían estado tres o cuatro noches juntos, y ella había empezado a olvidar su cara. Alguna vez había sentido que su destino era despertar cerca de esa cara, que no había nada que quisiera en la vida más que eso. Pero ahora sabía que en algún momento tendría que juntar coraje y tirar a la basura esas estúpidas sandalias de tiritas y taco empinado que había comprado para estrenar cuando lo viera. Las razones que él había dado para terminar su relación habían ido variando con el tiempo, que estaba deprimido porque no estaba haciendo música, que no tenía tiempo porque ahora sí estaba haciendo música, que tenía que viajar para hacer más música. Y cada vez y ante cada excusa, ella había esperado que llegara su turno. Había pasado dos años haciendo cola en la vida de Daniel.
Empezó a preparar la cena, un poco de pescado y unas papas con tomate. En estos meses su cuerpo se había ido consumiendo hasta quedar en huesos y piel. No era que no comiese, pero masticaba la comida demasiado tiempo y a veces se olvidaba de tragarla. Agregó crema y manteca al pescado con la ilusión de quien agrega calorías al cuerpo de un hijo desnutrido. El olor era bueno pero ella nunca tenía hambre.
El teléfono cortó el silencio, lo trituró.
− Hola.
− ¿No escuchaste mi mensaje?
− Ahora iba a llamarte, acabo de llegar, mamá.
− Creo que me tengo que internar en el hospital. Seguro que me van a operar.
− ¿De qué?
− De los intestinos. ¿De qué va a ser? Estoy expulsando un liquido amarillo.
Cerró los ojos y trató de no pensar en intestinos y líquidos amarillos justo antes de
la cena. Hizo el intento de terminar aquella conversación y lo logró, no sin ofender a su madre, pero ya se le ocurriría alguna excusa para aplacar su consciencia.
Se sentó a comer el pescado y las papas, sin hambre. Pensaba en intestinos y líquido amarillo. Se obligó a tragar, tan lejos del placer de la comida como está la Tierra de Urano. Masticaba y tragaba. Cuando terminó pensó en él, y la noche amenazó alargarse en una espiral inmensa. En ese preciso momento él estaría terminando su día en un país de África, una isla, un sitio ignoto donde estaba grabando algo desde hacía un par de semanas y de donde jamás la había llamado.
Volvió a sonar el teléfono. Esta vez no corrió ni se sobresaltó, estaba tratando de acostumbrarse a que nunca era Daniel.
− Hola
− Necesito verla en media hora, en el bar Delondon. ¿Lo conoce?
− Sí, pero dígame de qué se trata. ¿Quién es usted?
Antes de terminar la frase escuchó el golpeteo rítmico de una llamada cortada
y quedó mirando el aparato. Número equivocado o algún loco haciendo bromas, por supuesto que no iría a ningún bar a encontrarse con un confundido o con un enfermo mental.
Daniel la había dejado por culpa de las palabras, pensaba a menudo, palabras no dichas o dichas a destiempo, palabras mal interpretadas, mal ubicadas en la frase, y ella se sentía inmensamente culpable por no haber sido capaz de manejar las palabras, de organizarlas. Justamente ella. Él la había acusado de agredirlo con sus palabras, y aunque ella lo intentaba todos los días, no era capaz de recordar ni la razón ni el tema de la discusión que había originado su ruptura. En sus dos años de relación había habido momentos similares, palabras que ella pronunciaba y que provocaban en él largos silencios o situaciones del tipo “no nos hablamos”. Ahora atravesaba la sensación de que estaba sola en el planeta por culpa de sus propias palabras, y la quietud del domingo no mejoraba las cosas. Tiró la mitad de la comida, lavó el plato lentamente, fregó la olla hasta dejarla reluciente como parte de su terapia de actividades cotidianas para no pensar en él.
Se sentó a revisar su correo electrónico donde nunca estaba el nombre que buscaba. Ofertas de vitaminas, un par de mails de amigos, “alargue su pene hasta dos pulgadas”, más ofertas de vitaminas, viagra, casino, inversiones. Pensó que ella era una de esas mujeres criadas con cuentos que terminaban diciendo “y vivieron felices toda la vida”, y tal vez por eso no podía conformarse con el hecho de que el amor de ellos tuviera fecha de caducidad como una caja de ravioles. Nada como el amor.
Entró en el foro de “Recetas de cocina para el otoño que se viene” aunque en su hemisferio se venía la primavera. Copió una tarta de duraznos en almíbar aunque odiaba los duraznos en almíbar y un pollo relleno que jamás sería capaz de hacer. Miró la hora. Todavía era temprano para tomar la pastilla e ir a la cama, todavía no era tiempo de sumergirse en la nada.
El recuerdo de Daniel ocupaba todos los momentos del día, si trabajaba o si caminaba por la calle, si hablaba con alguien o limpiaba el baño, su recuerdo se superponía a lo que estuviera haciendo. Había estado siguiendo las estrategias para no pensar en él que le sugiriera su psicóloga, trataba de leer, cocinaba, sus ollas estaban relucientes de tan fregadas, pero a menudo le sucedía que se encontraba mirando páginas de un libro sin verlas, o tiraba comida que ni sabía cuándo había preparado.
Recordó la llamada que acababa de recibir, seguro que no era para ella. ¿Y si era? Podía ser un enamorado anónimo, pero la voz no le había sonado como la de un enamorado, más bien como un prestamista que cita a su deudor para acorralarlo. Pero ella no tenía deudas con nadie. ¿Alguien que quería hacer un negocio? Pero, ¿qué negocio se puede hacer con una profesora de Español? Se preguntó qué pasaría si fuera al bar Delondon. Nada, porque nadie la reconocería ni se acercaría a hablarle. Podía elegir entre llevarse a la cama pañuelos con ositos o tomarse un taxi e ir al bar Delondon.
Se puso el tapado y salió a la calle. El abrigo ya no le pesaba, la defendía del viento, la separaba de la noche. Se subió al taxi y dio la dirección del bar. Vio los ojos del taxista en el espejo retrovisor, vio interés y aburrimiento, en ese orden. Desvió la mirada hacia el exterior, a los plátanos que empezaban a tener hojas.
El bar estaba lleno de homosexuales y marineros, como era de esperar por su ubicación, pero a ella no le importó y se sentó en una mesa apartada. Le gustó ese ambiente que no quería ser acogedor. “No soy tu casa”, gritaban las sillas de respaldo incómodo. “No soy tu casa”, advertía la luz inclemente en los ojos. Ella quería estar en un sitio que no era su casa. Pidió una cerveza, no porque le gustara sino porque le pareció que era lo único que no desentonaba en ese sitio. Aquella era su primera salida desde que Daniel la dejó diciendo que “la quería mucho pero en ese momento no era capaz de tener una relación”. Tomó la cerveza y tras el segundo vaso se preguntó si él no sería uno de esos hombres que nacen con el nombre de su ex esposa tatuado en el pecho. No importaba, aún en caso de que en su pecho hubiera cien nombres de mujer, ya ninguno sería el suyo. Sacó algunos ositos celestes de la cartera, por las dudas.
Alguien se acercó, mirándola. No parecía gay ni era coreano.
− ¿Me puedo sentar?
− Claro. Me debe una explicación.
Él sonrió y la miró, dejó el sobretodo en una silla y pidió café. Parecía simpático,
muy locuaz. Era más delgado que Daniel, tenía más pelo. Más joven. Habló un poco de su trabajo, de unas vacaciones que había pasado en Brasil, media hora más tarde le dijo que era linda. A ella le gustó que se lo dijera porque últimamente se sentía gris como una toalla usada. Como una toalla abandonada en el piso de un gimnasio.
− ¿Y cuál es el tema?
− ¿Qué tema?
− Usted me citó para hablar de algo. Hace un rato, por teléfono.
− No, yo no la cité. ¿Tomamos cerveza?
− Alguien llamó a mi casa, estoy aquí porque…
− ¿Alguien la citó a un bar de marineros?
El tipo rió y dijo un par de cosas desagradables, sonrió mostrando unos dientes
afilados.
− Váyase.
Él se fue sin chistar, sin pagar su propio café, ella salió apurada como si hubiera recordado una tarea pendiente.
Lo que sucedió después de esa noche, de tan repetido es vulgar. Dejó de fregar ollas, de caminar y de hacer cursos, dejó que los antidepresivos lo hicieran por ella.
Con el paso del tiempo y la ausencia Daniel fue transformándose en un rostro de sombras, pero todavía tuvo que pasar mucho antes que se decidiera a tirar las sandalias y más aún antes que dejara de comprar los pañuelos con ositos que usaba muy tarde por las noches, pero el olvido por fin llegó y él desapareció de su vida.
Qué fantástica esta fiesta
La fiesta había durado demasiado y ya se sabe que las fiestas no deben durar demasiado, la ropa se arruga, el aire se satura de humo de cigarrillos, el aliento huele a alcohol. Habían pasado las tres de la madrugada y ya nadie hacía intentos por irse, tal vez nos había sorprendido el cansancio y la pereza del domingo no nos dejaba mover.
Treinta grados, era de madrugada y la temperatura no bajaba de treinta grados.
Yo pensaba en mi habitación y en mi cama, pero seguía clavada contra el sillón de madera del jardín de Gianina, el vaso en la mano, esperado con la boca entreabierta que soplara una ráfaga fresca.
La comida se había ido desmoronando sobre la mesa, los restos de torta chorreaban crema sobre el mantel torcido, los bordes de los sándwiches se curvaban hacia arriba, la ensalada parecía una naturaleza más que muerta. La última botella de vino blanco flotaba sin tapón y casi vacía en un balde lleno de agua tibia.
Yo había llegado a la fiesta con Joaquín, pero de eso hacía mucho tiempo y bien podía fingir que lo había olvidado, salir por la puerta y volver a mi casa caminando, sola, como me sucedía tan a menudo. Él no se cortaría la venas, ningún hombre lo hace si no es por una mujer atractiva. Miré alrededor y no lo vi por ninguna parte, tal vez él había tenido la misma idea y se había mandado a mudar con Paula, una chica con cinco años menos que yo y con veinte centímetros más de busto. Aunque lo más probable era que Joaquín estuviera vomitando en alguno de los cuatro baños de la casa de Gianina. Eso suelen hacer los hombres que conozco en las fiestas que duran demasiado.
Algunos grupos todavía hablaban, justificaban su permanencia dando opiniones contundentes sobre esto o aquello aunque ya nadie escuchaba a nadie. Todos esperábamos, como el rebaño espera que lo conduzcan a alguna parte. Lucía se había acostado en una de las reposeras, su pollera había trepado justo hasta final de los muslos, y unos veinte pares de ojos masculinos aguardaban el siguiente movimiento de aquellas piernas de publicidad de medias.
Tenía unas ganas tremendas de mear, pero estaba sentada en el mejor sillón del jardín y sabía que si me levantaba no lo recuperaría hasta el próximo cumpleaños de Gianina, dentro de un año exacto. Apreté el esfínter y dejé de lado mi vaso, que a esta altura de la noche era de agua con nostalgias de whisky.
Joaquín apareció por la derecha, se desplomó sobre la silla de al lado y suspiró fuerte y claro, para que yo preguntara qué le pasaba.
- ¿Qué te pasa?
- Algo me cayó mal.
- Me imagino qué.
- No, no. No tomé mucho. Debe haber sido la mayonesa, tal vez estoy intoxicado.
- ¿Cuánto es no mucho? ¿Dos botellas? ¿Dos y media?
- Algunas copas, no me acuerdo. Dos, tres, yo no tomo demasiado.
Nos miramos entre curiosos y desconfiados, como amantes que recién se conocen.
Eso éramos.
- ¿Cuáles son los síntomas de la salmonelosis? −preguntó.
- No sé. No seas hipocondríaco, debe ser un malestar de estómago. El calor, tal vez.
Miré alrededor sin ánimo de seguir hablando de enfermedades.
A esta hora hasta las mujeres hermosas parecían queso rancio. Ellas debían sospecharlo porque se había formado una pequeña aglomeración frente al baño más cercano. A cuidar de su reputación, supuse. No quería pensar cuál sería mi propio aspecto, pero en mi caso no importaba demasiado. Me toqué el pelo y lo sentí pegoteado de sudor, pensé que si pasaba una mosca podría quedar adherida. Justamente el pelo, mi único atractivo. ¿Y si Joaquín me acariciaba la cabeza? Una visita al baño podía ayudar a reparar ciertos daños pero equivaldría a la pérdida del asiento, y yo no estaba segura de que me importara reconstruir mi imagen para aquel tipo que ya empezaba a parecerse a al conde Drácula.
- ¿Te busco un alka seltzer? –pregunté sin ganas de escuchar la respuesta.
- Sí. Por favor –respondió anteponiendo los buenos modales a un eructo que sonó cuando me levantaba de mi precioso asiento.
Al ponerme de pie sentí algo acolchonado en la suela del zapato, un pedazo de pan aplastado y gris que saqué con la punta de los dedos y sin mirar dos veces.
Las fiestas no están hechas para durar, deben ser un evento breve donde la gente va y muestra lo mejor de sí mismos, y una vez exhibida una conversación brillante o la gracia de un cabello bien peinado, debe marcharse antes de que se descubra que tiene mal aliento y el pelo graso.
Quise pedirle el alka seltzer a Gianina, pero cuando entreabrí la puerta de la habitación donde la había visto entrar, la encontré muy ocupada revisando de cerca el cierre del pantalón de Gerardo. Volví a cerrar sin ruido para no interferir en sus deberes de anfitriona.
Pasé de nuevo y vi a Joaquín sentado y con la cabeza colgando, parecía desmayado sobre la silla. Paula se acercó sonriente, se sentó a su lado y le susurró algo al oído, pero él ni le contestó ni abrió los ojos. Debía sentirse realmente muy mal para no hacer caso a una mujer como ella. Treinta grados de calor en abril es demasiado.
Fui al baño social sin demasiadas esperanzas de encontrar el antiácido pero con unas terribles ganas de mear. En el inodoro había restos de vómito y un par de puchos extraños, la pileta estaba chorreada, la toalla hecha un ovillo en el suelo. Di la vuelta, salí de allí sin respirar. El otro baño estaba limpio y tenía un armario lleno de medicamentos que revisé en cuanto pude aliviarme. Encontré analgésicos y sobres de antiácidos efervescentes. Mi rostro en el espejo me recordó un mapa de edades arqueológicas: emplastos de maquillaje de ayer, bolsas bajo los ojos del verano pasado, arrugas de hace cinco años, manchas de acné de la adolescencia. Recompuse lo que pude del desastre del tiempo y la hora, ayudada por un estupendo corrector de Helena Rubinstein que apareció detrás de las sales de baño. Salí del baño liviana y recompuesta. Ahora debía llenar medio vaso con agua, disolver el sobrecito y dárselo a tomar a Joaquín.
¿Y yo por qué me tomaba todo ese trabajo? Tal vez para no quedarme dormida en el sillón del jardín, para no despertar al amanecer en una posición incómoda, dolorida, para no ver en el espejo del baño que mi nuevo maquillaje y mi cara se habían resquebrajado como barro al sol.
Mejor le daba el medicamento y me iba a mi casa caminando, aquello no daba para más.
Yo era una cenicienta a la que le habían dado las doce cuando estaba en lo mejor del jolgorio, que no había tenido voluntad de obedecer los sabios mandatos del hada madrina. De esto hacía horas y ya no tenía ni un zapallo con dos ratones que me esperara en la puerta de la fiesta. Debería haberme ido hacía mucho tiempo, cuando los hombres no tenían las medias caídas y aspecto de haberse afeitado mal.
En la cocina había un movimiento desacostumbrado. Alguien había organizado una especie de salvataje de la casa, y un puñado de caras dormidas traía y llevaba platos, vasos y botellas desde el jardín a la cocina y de allí a sus respectivos lugares en los armarios. Una chica en minifalda rosada y botas polvorientas barría el suelo del parrillero tapizado de puchos, corchos de botellas, tapitas de cerveza. NO me sentí dispuesta a unirme a la cruzada.
− ¿Me das un vaso limpio? −pedí.
Mariana me miró como mira un banquero a un desconocido que acaba de pedirle un préstamo, pero no tuvo más remedio que enjuagar uno y entregármelo. Para no molestar la “operación lavado” abrí la heladera en busca de una botella de agua fría. Si la madrugada lo agarra a uno despierto a esas horas, es muy probable sentir un hambre de lobo. Me llené la boca con tres canapés de palmitos, húmedos y abandonados en el fondo, detrás de un par de botellas que se habían salvado de la sed colectiva. Busqué algo más con la mirada, pero alguien con mucho apetito había tenido la misma idea antes que yo. Saqué la botella de agua, llené el vaso hasta la mitad como indican en los anuncios de “¿Comió o bebió demasiado?”, abrí el sobre y eché el polvito dentro. “Y se toma en plena efervescencia”, dice el aviso en la tele. Corrí hasta el jardín con el vaso burbujeante en la mano.
El tipo estaba palidísimo, ojeroso, había cerrado los ojos y me pareció que respiraba entrecortado. Le sacudí el hombro, con cuidado de que no derramar el alka seltzer.
− Acompañame al baño −dijo sin abrir los ojos.
Vacilé, no estaba segura de querer llegar a ese punto de intimidad con Joaquín. Él se levantó de la silla con dificultad, con una mano se aferró al respaldo de la silla y con la otra se tomó de mi brazo, y ya se sabe que dentro de cada mujer late una enfermera, aunque no lo sepamos. Dejé el remedio sobre una mesa abarrotada de vasos grasientos y me puse el uniforme de Florence Nightingale.
Llegamos al baño más cercano, el que estaba sucio, pero él no pareció molesto con el estado general de la higiene, urgido como estaba por expulsar algo de su humanidad. Lo vi inclinarse sobre el inodoro y desvié la vista, aunque no pude evitar que algunos lamentables gorgoteos llegaran a mis oídos. No es justo conocer a un hombre, llevarlo a una fiesta en la tercera salida y que te haga esto, pensé. Seguro que eso nunca le sucedía a Paula o a Lucía. Después de respirar hondo varias veces, enjuagarse la boca y lavarse la cara, salimos del baño. En la puerta había tres o cuatro esperando, los rostros ansiosos. Volvimos a tomar el camino hacia la silla.
Todo seguía en su lugar, los grupos de discusión, la cruzada de limpieza, las mujeres de maquillaje cuarteado.
Pronto empezaría a amanecer.
− Me siento muy mal.
−Deberías sentirte aliviado.
−Debo estar intoxicado, me siento cada vez peor −dijo, y me dirigió una mirada esperando a que yo lo animara a decir qué sentía.
No tuve estómago para pedirle detalles, pero él los dio de todas formas. Escuché el relato de sus puntadas, retortijones y arcadas con una sensación de impotencia y bastante asco.
−Esperá que busco otro alka seltzer.
−No, mejor llamá a la emergencia.
Me levanté de la silla dispuesta a obedecer, más por aburrimiento que por solidaridad. Percibí que el ambiente había empezado a cambiar. Aunque nadie se había ido, aunque seguíamos siendo los mismos desde las diez de la noche, mis amigos ya no presentaban un aspecto ajado por la trasnochada y el alcohol. Ahora parecían enfermos, y algunos muy enfermos. Alguien había vomitado entre las hortensias, dos o tres se inclinaban entre convulsiones en los lugares más alejados del jardín y el calor empezaba a levantar un tufo inconfundible. Una larga fila de caras pálidas se formaba frente al baño más cercano.
Me acerqué al teléfono, pero Clara ya levantaba el tubo con decisión.
−Tengo que pedir una ambulancia para Joaquín, Clara.
−No te gastes, ya vienen en camino. La mayoría está sintiendo síntomas de intoxicación, Gianina ya llamó. Voy a insistir, a decirles que es muy urgente.
Pensé en volver con Joaquín, pero Pedro y Silvia parecían estar peor que nadie y ayudé a llevarlos a la habitación más cercana. Ahora los cuatro baños de la casa hervían de actividad y en el ambiente flotaba un olor que amenazaba volverse insoportable en cuestión de minutos. Acomodamos a Pedro en un sofá y a Silvia en la cama, pero enseguida llegaron más enfermos y tuvimos que acostarlos sobre la alfombra, de cualquier manera. Las demás habitaciones ya empezaban a ser invadidas por los que regresaban con vida de los baños.
El trabajo de limpieza había quedado por la mitad, Mariana hacía cola frente al baño principal, había adquirido un tono verdoso en cuestión de media hora.
Me dispuse a escapar. Nadie podría culparme, diría que me sentí mal, que las náuseas, que las tripas. Agarré mi cartera, saldría silenciosamente. Nadie se daría cuenta. A la altura del living apareció Horacio salido de una habitación del frente.
−Ayudame, por favor. Creo que hay una chica con un paro cardio respiratorio.
Él había hecho dos años de medicina antes de heredar el campo de su padre, y era lo más parecido a un médico que había en la sala. Dejé la cartera con un suspiro. La chica estaba en la cama del hijo mayor de Gianina, tendida sobre la colcha de Batman y justo debajo de la foto de Britney Spears en bikini de cuero. Parecía muerta, aunque yo estuve segura que no lo estaba porque las difuntas no usan un piercing brillante en la nariz. Horacio me enseñó a masajearle el corazón haciendo presión con la palma de la mano, y se fue en busca de pacientes con quienes despuntar su vocación perdida.
Aprieto y cuento hasta tres.
Aprieto y cuento hasta tres.
Aquello era de nunca acabar, maldije mi suerte de mujer solidaria. Por fin llegó la ambulancia, un par de ellas, y varios médicos que se desplegaron eficientemente por la casa.
−¿Qué edad tiene esta señorita? −pregunta el rubio de guardapolvos que acaba de entrar en la habitación de Matías.
−Ni idea, nunca la vi en mi vida. Yo diría que treinta mal llevados o cuarenta en muy buen estado.
El tipo sacó el estetoscopio y le hurgó entre las tetas, finalmente lo dejó sobre la izquierda y se quedó pensativo. Miré su cara, no parecía alarmado. Le tomó la muñeca izquierda, consultó su reloj. Sacó un termómetro y se lo introdujo bajo la axila.
−¿Qué comieron?
−De todo, y tomamos como cosacos.
−¿Algo con mayonesa?
−Las ensaladas, creo que casi todas tenían mayonesa. Y los canapés, seguramente.
−¿Carne de cerdo? ¿Pescado, mariscos?
−Un coctel de camarones.
−Se tratan bien, ustedes.
−¿Cómo la encontrás?
−Deshidratada. Muy deshidratada −dijo bajándole el párpado inferior hasta dejar a la vista los interiores venosos del globo ocular−. Se debe haber ido por el caño antes de caer desmayada.
−¿Y el paro cardíaco?
−¿Qué paro cardíaco?
−Nada. ¿Entonces está bien?
−No tanto como bien. Aparentemente está intoxicada como casi todos los demás, pero no se va a morir. Vamos a tener que internarla, le van a dar suero y antibióticos, y hoy mismo la mandarán a su casa a hacer dieta por unos cuantos días. Me voy a ver a los otros. ¿Y vos cómo te sentís?
Pensé en mentir para que se quedara charlando conmigo.
−Bien, estoy bien.
Me pareció que él también habría preferido que mintiese para quedarnos charlando. Pero seguro que me equivocaba, eso le sucede sólo la las mujeres lindas.
−Bueno, entonces voy a ver qué pasa por ahí.
−Es una película de Fellini, te advierto.
Pasó una camilla llevando a Horacio, otra con Mariana. Gerardo sostenía la cabeza de Gianina, que lanzaba camarones y riesling sobre el césped brasilero recién instalado. Ayudé a Joaquín a acercarse a la ambulancia, iba con la mirada baja, esquiva. Aunque no lo conozco demasiado, entiendo esas crisis de la vanidad, esos precarios estados de la autoestima. Demasiado.
Otra ambulancia, y otra ambulancia. Los vecinos comenzaron a asomarse desde las ventanas del sueño. Entré a buscar la cartera, ya podría volver a mi casa, acostarme, tenderme en la cama a esperar que la intoxicación me fulminara.
−¿Te vas? Yo salgo también −dijo el rubio.
−Parece que esto se termina. Por fin.
−¿Vos no sentís malestar intestinal, náuseas, dolor de cabeza?
−Nada por ahora, doctor.
−Me llevo a los primeros seis al hospital −el rubio miró la hora−. Ya casi termino la guardia.
Lindo tipo. En medio de aquel hospital de campaña en que se había convertido la casa de Gianina, pensé que las cosas podrían haber sucedido como en una película de guerra norteamericana filmada en los cincuenta.
−Si quieres nos vamos a desayunar por ahí −me diría él guardando por fin el estetoscopio, con el guardapolvos arrugado y manchado después de tantas horas salvando vidas.
−Me agradaría tanto, cariño −le contestaría yo, alta y rubia, pelo ondulado, desde mi uniforme de enfermera de guerra ceñido al cuerpo y con zapatos de taco alto.
Saldríamos tomados del brazo −él fumaría su cigarrillo, yo tendría la boca muy roja−, a buscar algún café abierto a esas horas donde tocaran el piano, antes de las seis nos habríamos contado nuestras vidas antes de la guerra, a las seis y media estaríamos locamente enamorados. Él descubriría que tengo hombros bonitos, caminaríamos hasta la puerta de mi casa, nos besaríamos en las esquinas. Seríamos felices y tendríamos dos niños de pelo dorado y ondulado.
−Si querés nos vamos a desayunar por ahí −dijo el rubio.
Pensé en mi maquillaje, en las arrugas. ¿Todavía tendría aliento a vino? La remera blanca me pareció un par de tonos más oscura que cuando llegué. ¿A quién se le podía ocurrir invitar a desayunar a una mujer poco atractiva y en ese estado? Por allí estaba Paula, cinco años más joven, veinte centímetros más de busto, que pasó moviendo el culo, indemne a la pandemia. Y mi pelo era un desastre.
No sé si llegué a contestarle. Entré a la casa apurada. Agarré la cartera y salí a la calle, tomé un taxi que en ese momento pasaba por la puerta de la casa de Gianina, le indiqué el camino a pocas cuadras. Llegué a mi casa en menos de cinco minutos y me saqué la ropa.
En la cama, no me quedó nada más que esperar que llegaran los síntomas de la intoxicación.
Treinta grados, era de madrugada y la temperatura no bajaba de treinta grados.
Yo pensaba en mi habitación y en mi cama, pero seguía clavada contra el sillón de madera del jardín de Gianina, el vaso en la mano, esperado con la boca entreabierta que soplara una ráfaga fresca.
La comida se había ido desmoronando sobre la mesa, los restos de torta chorreaban crema sobre el mantel torcido, los bordes de los sándwiches se curvaban hacia arriba, la ensalada parecía una naturaleza más que muerta. La última botella de vino blanco flotaba sin tapón y casi vacía en un balde lleno de agua tibia.
Yo había llegado a la fiesta con Joaquín, pero de eso hacía mucho tiempo y bien podía fingir que lo había olvidado, salir por la puerta y volver a mi casa caminando, sola, como me sucedía tan a menudo. Él no se cortaría la venas, ningún hombre lo hace si no es por una mujer atractiva. Miré alrededor y no lo vi por ninguna parte, tal vez él había tenido la misma idea y se había mandado a mudar con Paula, una chica con cinco años menos que yo y con veinte centímetros más de busto. Aunque lo más probable era que Joaquín estuviera vomitando en alguno de los cuatro baños de la casa de Gianina. Eso suelen hacer los hombres que conozco en las fiestas que duran demasiado.
Algunos grupos todavía hablaban, justificaban su permanencia dando opiniones contundentes sobre esto o aquello aunque ya nadie escuchaba a nadie. Todos esperábamos, como el rebaño espera que lo conduzcan a alguna parte. Lucía se había acostado en una de las reposeras, su pollera había trepado justo hasta final de los muslos, y unos veinte pares de ojos masculinos aguardaban el siguiente movimiento de aquellas piernas de publicidad de medias.
Tenía unas ganas tremendas de mear, pero estaba sentada en el mejor sillón del jardín y sabía que si me levantaba no lo recuperaría hasta el próximo cumpleaños de Gianina, dentro de un año exacto. Apreté el esfínter y dejé de lado mi vaso, que a esta altura de la noche era de agua con nostalgias de whisky.
Joaquín apareció por la derecha, se desplomó sobre la silla de al lado y suspiró fuerte y claro, para que yo preguntara qué le pasaba.
- ¿Qué te pasa?
- Algo me cayó mal.
- Me imagino qué.
- No, no. No tomé mucho. Debe haber sido la mayonesa, tal vez estoy intoxicado.
- ¿Cuánto es no mucho? ¿Dos botellas? ¿Dos y media?
- Algunas copas, no me acuerdo. Dos, tres, yo no tomo demasiado.
Nos miramos entre curiosos y desconfiados, como amantes que recién se conocen.
Eso éramos.
- ¿Cuáles son los síntomas de la salmonelosis? −preguntó.
- No sé. No seas hipocondríaco, debe ser un malestar de estómago. El calor, tal vez.
Miré alrededor sin ánimo de seguir hablando de enfermedades.
A esta hora hasta las mujeres hermosas parecían queso rancio. Ellas debían sospecharlo porque se había formado una pequeña aglomeración frente al baño más cercano. A cuidar de su reputación, supuse. No quería pensar cuál sería mi propio aspecto, pero en mi caso no importaba demasiado. Me toqué el pelo y lo sentí pegoteado de sudor, pensé que si pasaba una mosca podría quedar adherida. Justamente el pelo, mi único atractivo. ¿Y si Joaquín me acariciaba la cabeza? Una visita al baño podía ayudar a reparar ciertos daños pero equivaldría a la pérdida del asiento, y yo no estaba segura de que me importara reconstruir mi imagen para aquel tipo que ya empezaba a parecerse a al conde Drácula.
- ¿Te busco un alka seltzer? –pregunté sin ganas de escuchar la respuesta.
- Sí. Por favor –respondió anteponiendo los buenos modales a un eructo que sonó cuando me levantaba de mi precioso asiento.
Al ponerme de pie sentí algo acolchonado en la suela del zapato, un pedazo de pan aplastado y gris que saqué con la punta de los dedos y sin mirar dos veces.
Las fiestas no están hechas para durar, deben ser un evento breve donde la gente va y muestra lo mejor de sí mismos, y una vez exhibida una conversación brillante o la gracia de un cabello bien peinado, debe marcharse antes de que se descubra que tiene mal aliento y el pelo graso.
Quise pedirle el alka seltzer a Gianina, pero cuando entreabrí la puerta de la habitación donde la había visto entrar, la encontré muy ocupada revisando de cerca el cierre del pantalón de Gerardo. Volví a cerrar sin ruido para no interferir en sus deberes de anfitriona.
Pasé de nuevo y vi a Joaquín sentado y con la cabeza colgando, parecía desmayado sobre la silla. Paula se acercó sonriente, se sentó a su lado y le susurró algo al oído, pero él ni le contestó ni abrió los ojos. Debía sentirse realmente muy mal para no hacer caso a una mujer como ella. Treinta grados de calor en abril es demasiado.
Fui al baño social sin demasiadas esperanzas de encontrar el antiácido pero con unas terribles ganas de mear. En el inodoro había restos de vómito y un par de puchos extraños, la pileta estaba chorreada, la toalla hecha un ovillo en el suelo. Di la vuelta, salí de allí sin respirar. El otro baño estaba limpio y tenía un armario lleno de medicamentos que revisé en cuanto pude aliviarme. Encontré analgésicos y sobres de antiácidos efervescentes. Mi rostro en el espejo me recordó un mapa de edades arqueológicas: emplastos de maquillaje de ayer, bolsas bajo los ojos del verano pasado, arrugas de hace cinco años, manchas de acné de la adolescencia. Recompuse lo que pude del desastre del tiempo y la hora, ayudada por un estupendo corrector de Helena Rubinstein que apareció detrás de las sales de baño. Salí del baño liviana y recompuesta. Ahora debía llenar medio vaso con agua, disolver el sobrecito y dárselo a tomar a Joaquín.
¿Y yo por qué me tomaba todo ese trabajo? Tal vez para no quedarme dormida en el sillón del jardín, para no despertar al amanecer en una posición incómoda, dolorida, para no ver en el espejo del baño que mi nuevo maquillaje y mi cara se habían resquebrajado como barro al sol.
Mejor le daba el medicamento y me iba a mi casa caminando, aquello no daba para más.
Yo era una cenicienta a la que le habían dado las doce cuando estaba en lo mejor del jolgorio, que no había tenido voluntad de obedecer los sabios mandatos del hada madrina. De esto hacía horas y ya no tenía ni un zapallo con dos ratones que me esperara en la puerta de la fiesta. Debería haberme ido hacía mucho tiempo, cuando los hombres no tenían las medias caídas y aspecto de haberse afeitado mal.
En la cocina había un movimiento desacostumbrado. Alguien había organizado una especie de salvataje de la casa, y un puñado de caras dormidas traía y llevaba platos, vasos y botellas desde el jardín a la cocina y de allí a sus respectivos lugares en los armarios. Una chica en minifalda rosada y botas polvorientas barría el suelo del parrillero tapizado de puchos, corchos de botellas, tapitas de cerveza. NO me sentí dispuesta a unirme a la cruzada.
− ¿Me das un vaso limpio? −pedí.
Mariana me miró como mira un banquero a un desconocido que acaba de pedirle un préstamo, pero no tuvo más remedio que enjuagar uno y entregármelo. Para no molestar la “operación lavado” abrí la heladera en busca de una botella de agua fría. Si la madrugada lo agarra a uno despierto a esas horas, es muy probable sentir un hambre de lobo. Me llené la boca con tres canapés de palmitos, húmedos y abandonados en el fondo, detrás de un par de botellas que se habían salvado de la sed colectiva. Busqué algo más con la mirada, pero alguien con mucho apetito había tenido la misma idea antes que yo. Saqué la botella de agua, llené el vaso hasta la mitad como indican en los anuncios de “¿Comió o bebió demasiado?”, abrí el sobre y eché el polvito dentro. “Y se toma en plena efervescencia”, dice el aviso en la tele. Corrí hasta el jardín con el vaso burbujeante en la mano.
El tipo estaba palidísimo, ojeroso, había cerrado los ojos y me pareció que respiraba entrecortado. Le sacudí el hombro, con cuidado de que no derramar el alka seltzer.
− Acompañame al baño −dijo sin abrir los ojos.
Vacilé, no estaba segura de querer llegar a ese punto de intimidad con Joaquín. Él se levantó de la silla con dificultad, con una mano se aferró al respaldo de la silla y con la otra se tomó de mi brazo, y ya se sabe que dentro de cada mujer late una enfermera, aunque no lo sepamos. Dejé el remedio sobre una mesa abarrotada de vasos grasientos y me puse el uniforme de Florence Nightingale.
Llegamos al baño más cercano, el que estaba sucio, pero él no pareció molesto con el estado general de la higiene, urgido como estaba por expulsar algo de su humanidad. Lo vi inclinarse sobre el inodoro y desvié la vista, aunque no pude evitar que algunos lamentables gorgoteos llegaran a mis oídos. No es justo conocer a un hombre, llevarlo a una fiesta en la tercera salida y que te haga esto, pensé. Seguro que eso nunca le sucedía a Paula o a Lucía. Después de respirar hondo varias veces, enjuagarse la boca y lavarse la cara, salimos del baño. En la puerta había tres o cuatro esperando, los rostros ansiosos. Volvimos a tomar el camino hacia la silla.
Todo seguía en su lugar, los grupos de discusión, la cruzada de limpieza, las mujeres de maquillaje cuarteado.
Pronto empezaría a amanecer.
− Me siento muy mal.
−Deberías sentirte aliviado.
−Debo estar intoxicado, me siento cada vez peor −dijo, y me dirigió una mirada esperando a que yo lo animara a decir qué sentía.
No tuve estómago para pedirle detalles, pero él los dio de todas formas. Escuché el relato de sus puntadas, retortijones y arcadas con una sensación de impotencia y bastante asco.
−Esperá que busco otro alka seltzer.
−No, mejor llamá a la emergencia.
Me levanté de la silla dispuesta a obedecer, más por aburrimiento que por solidaridad. Percibí que el ambiente había empezado a cambiar. Aunque nadie se había ido, aunque seguíamos siendo los mismos desde las diez de la noche, mis amigos ya no presentaban un aspecto ajado por la trasnochada y el alcohol. Ahora parecían enfermos, y algunos muy enfermos. Alguien había vomitado entre las hortensias, dos o tres se inclinaban entre convulsiones en los lugares más alejados del jardín y el calor empezaba a levantar un tufo inconfundible. Una larga fila de caras pálidas se formaba frente al baño más cercano.
Me acerqué al teléfono, pero Clara ya levantaba el tubo con decisión.
−Tengo que pedir una ambulancia para Joaquín, Clara.
−No te gastes, ya vienen en camino. La mayoría está sintiendo síntomas de intoxicación, Gianina ya llamó. Voy a insistir, a decirles que es muy urgente.
Pensé en volver con Joaquín, pero Pedro y Silvia parecían estar peor que nadie y ayudé a llevarlos a la habitación más cercana. Ahora los cuatro baños de la casa hervían de actividad y en el ambiente flotaba un olor que amenazaba volverse insoportable en cuestión de minutos. Acomodamos a Pedro en un sofá y a Silvia en la cama, pero enseguida llegaron más enfermos y tuvimos que acostarlos sobre la alfombra, de cualquier manera. Las demás habitaciones ya empezaban a ser invadidas por los que regresaban con vida de los baños.
El trabajo de limpieza había quedado por la mitad, Mariana hacía cola frente al baño principal, había adquirido un tono verdoso en cuestión de media hora.
Me dispuse a escapar. Nadie podría culparme, diría que me sentí mal, que las náuseas, que las tripas. Agarré mi cartera, saldría silenciosamente. Nadie se daría cuenta. A la altura del living apareció Horacio salido de una habitación del frente.
−Ayudame, por favor. Creo que hay una chica con un paro cardio respiratorio.
Él había hecho dos años de medicina antes de heredar el campo de su padre, y era lo más parecido a un médico que había en la sala. Dejé la cartera con un suspiro. La chica estaba en la cama del hijo mayor de Gianina, tendida sobre la colcha de Batman y justo debajo de la foto de Britney Spears en bikini de cuero. Parecía muerta, aunque yo estuve segura que no lo estaba porque las difuntas no usan un piercing brillante en la nariz. Horacio me enseñó a masajearle el corazón haciendo presión con la palma de la mano, y se fue en busca de pacientes con quienes despuntar su vocación perdida.
Aprieto y cuento hasta tres.
Aprieto y cuento hasta tres.
Aquello era de nunca acabar, maldije mi suerte de mujer solidaria. Por fin llegó la ambulancia, un par de ellas, y varios médicos que se desplegaron eficientemente por la casa.
−¿Qué edad tiene esta señorita? −pregunta el rubio de guardapolvos que acaba de entrar en la habitación de Matías.
−Ni idea, nunca la vi en mi vida. Yo diría que treinta mal llevados o cuarenta en muy buen estado.
El tipo sacó el estetoscopio y le hurgó entre las tetas, finalmente lo dejó sobre la izquierda y se quedó pensativo. Miré su cara, no parecía alarmado. Le tomó la muñeca izquierda, consultó su reloj. Sacó un termómetro y se lo introdujo bajo la axila.
−¿Qué comieron?
−De todo, y tomamos como cosacos.
−¿Algo con mayonesa?
−Las ensaladas, creo que casi todas tenían mayonesa. Y los canapés, seguramente.
−¿Carne de cerdo? ¿Pescado, mariscos?
−Un coctel de camarones.
−Se tratan bien, ustedes.
−¿Cómo la encontrás?
−Deshidratada. Muy deshidratada −dijo bajándole el párpado inferior hasta dejar a la vista los interiores venosos del globo ocular−. Se debe haber ido por el caño antes de caer desmayada.
−¿Y el paro cardíaco?
−¿Qué paro cardíaco?
−Nada. ¿Entonces está bien?
−No tanto como bien. Aparentemente está intoxicada como casi todos los demás, pero no se va a morir. Vamos a tener que internarla, le van a dar suero y antibióticos, y hoy mismo la mandarán a su casa a hacer dieta por unos cuantos días. Me voy a ver a los otros. ¿Y vos cómo te sentís?
Pensé en mentir para que se quedara charlando conmigo.
−Bien, estoy bien.
Me pareció que él también habría preferido que mintiese para quedarnos charlando. Pero seguro que me equivocaba, eso le sucede sólo la las mujeres lindas.
−Bueno, entonces voy a ver qué pasa por ahí.
−Es una película de Fellini, te advierto.
Pasó una camilla llevando a Horacio, otra con Mariana. Gerardo sostenía la cabeza de Gianina, que lanzaba camarones y riesling sobre el césped brasilero recién instalado. Ayudé a Joaquín a acercarse a la ambulancia, iba con la mirada baja, esquiva. Aunque no lo conozco demasiado, entiendo esas crisis de la vanidad, esos precarios estados de la autoestima. Demasiado.
Otra ambulancia, y otra ambulancia. Los vecinos comenzaron a asomarse desde las ventanas del sueño. Entré a buscar la cartera, ya podría volver a mi casa, acostarme, tenderme en la cama a esperar que la intoxicación me fulminara.
−¿Te vas? Yo salgo también −dijo el rubio.
−Parece que esto se termina. Por fin.
−¿Vos no sentís malestar intestinal, náuseas, dolor de cabeza?
−Nada por ahora, doctor.
−Me llevo a los primeros seis al hospital −el rubio miró la hora−. Ya casi termino la guardia.
Lindo tipo. En medio de aquel hospital de campaña en que se había convertido la casa de Gianina, pensé que las cosas podrían haber sucedido como en una película de guerra norteamericana filmada en los cincuenta.
−Si quieres nos vamos a desayunar por ahí −me diría él guardando por fin el estetoscopio, con el guardapolvos arrugado y manchado después de tantas horas salvando vidas.
−Me agradaría tanto, cariño −le contestaría yo, alta y rubia, pelo ondulado, desde mi uniforme de enfermera de guerra ceñido al cuerpo y con zapatos de taco alto.
Saldríamos tomados del brazo −él fumaría su cigarrillo, yo tendría la boca muy roja−, a buscar algún café abierto a esas horas donde tocaran el piano, antes de las seis nos habríamos contado nuestras vidas antes de la guerra, a las seis y media estaríamos locamente enamorados. Él descubriría que tengo hombros bonitos, caminaríamos hasta la puerta de mi casa, nos besaríamos en las esquinas. Seríamos felices y tendríamos dos niños de pelo dorado y ondulado.
−Si querés nos vamos a desayunar por ahí −dijo el rubio.
Pensé en mi maquillaje, en las arrugas. ¿Todavía tendría aliento a vino? La remera blanca me pareció un par de tonos más oscura que cuando llegué. ¿A quién se le podía ocurrir invitar a desayunar a una mujer poco atractiva y en ese estado? Por allí estaba Paula, cinco años más joven, veinte centímetros más de busto, que pasó moviendo el culo, indemne a la pandemia. Y mi pelo era un desastre.
No sé si llegué a contestarle. Entré a la casa apurada. Agarré la cartera y salí a la calle, tomé un taxi que en ese momento pasaba por la puerta de la casa de Gianina, le indiqué el camino a pocas cuadras. Llegué a mi casa en menos de cinco minutos y me saqué la ropa.
En la cama, no me quedó nada más que esperar que llegaran los síntomas de la intoxicación.
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